Irma Cuevas afirmó orgullosa que está casada con Juan Carlos Cabezudo hace cuarenta y cinco años. El es arquitecto como ella. Tienen tres hijos: Carlos Armando (39), María José (38) y Juanki (36). Además tienen cuatro nietos: Sol (13), Azul (8), Juanki (5) y Dulce (de unos pocos días).
“Soy muy bendecida: tenemos hijos sanos de cuerpo y de espíritu. Y nietos que siguen el mismo camino”, indicó Irma y añadió que sus primeros recuerdos de la Navidad no tienen olor a flor de coco; tampoco guarda imágenes de pesebres o de arbolitos de plástico con luces multicolores.
Evoca más bien de su infancia el aroma de canela de las galletitas que se comenzaban a hornear días antes de la Nochebuena y una inconfundible fragancia de pinos que provenía del arbolito, celosamente custodiado tras las puertas cerradas de la sala por su madre y una tía que había huido de la Segunda Guerra Mundial desde la lejana Alemania.
El 24 de diciembre se abrían las puertas y los niños de la casa, entre ellos su único hermano, miraban con ojos asombrados las estrellas de cartón recubiertas de papel dorado y plateado. El Papá Noel barbudo y benévolo, el abundante algodón en las ramas del pino que traían seguramente el recuerdo de otras navidades nevadas y nunca olvidadas.
Los regalos, muchas veces artesanales, eran confeccionados con amor por aquellas personas que hace mucho ya no están. Y resalta que cada Nochebuena rememora los villancicos que en un idioma extraño entonaban los primos extranjeros.
Por encima de todos los recuerdos, Irma destaca aquel día en que su vida cambió para siempre. La llegada de “su niño”, tan especial, tan igual a otros, pero tan diferente a la vez.
Irma Cuevas dijo que debió pasar mucho tiempo para que aceptara su realidad y volviera a reir. Fue cuando entendió que si bien sus otros dos hijos siempre estarían donde ella los podría encontrar, como madre debería estar siempre donde “su niño” le pudiera necesitar. Y así fue que encontró un lugar para ella y su hijo en Olimpiadas Especiales Paraguay, hace más de 20 años.
“En Olimpiadas olvidé mi egoísmo de madre para trasladar ese amor que siento hacia mi hijo a otros hijos, tan especiales como él. Compartir con ellos, enriqueció mi vida, porque cada triunfo es mi triunfo, cada derrota es mi derrota”, resaltó.
Agregó que destina a la institución muchas horas de su vida, porque considera que tiene la mejor paga del mundo: el saber que ha contribuido un poquito a mejorar las condiciones de vida de las personas tantas veces marginadas y casi siempre olvidadas.
“Tal vez muchos de esos más de cuatro mil atletas especiales logren a través del deporte demostrar que con tesón y esfuerzo se puede llegar a las metas propuestas”, explicó.
Agregó que la participación permite demostrar que los atletas especiales convenientemente entrenados pueden destacarse en eventos internacionales muy exigentes. Una prueba de ello son las más de 80 medallas de oro obtenidas en China, Grecia, Irlanda, Estados Unidos, etc.
Apuntó que en compañía de su esposo inculcan a sus hijos y nietos el respeto a los valores: la honradez, el amor a los semejantes, el esfuerzo para lograr los objetivos.
Según Irma, cada Navidad le devuelve aunque sea un poco, los recuerdos de su niñez. Pero cada año en estas fechas se siente aún más feliz por la oportunidad que Dios le dio de ser una mamá especial.
“Soy muy bendecida por tener a mi ‘propio niño’, que como el Cristo Jesús irradia amor, bondad y una enorme fortaleza que a todos nos envuelve. Por eso, pienso que el mejor regalo de Navidad es mi hijo Carlos Armando”, concluyó Irma Cuevas de Cabezudo.
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