María Eugenia Garay, que se introduce en la mitología griega: Perséfone es una ninfa de la mitología romana, conocida como Proserpina. Hija de Ceres, diosa de la agricultura, y Júpiter, el Dios de los Dioses (Zeus griego). Cierto día en que la ninfa cortaba flores en el campo, fue raptada por Plutón, dios del inframundo o infierno, quien la condujo en su carro a donde reinaba. Ceres, madre de Perséfone, desesperada la buscó por todos lados, hasta que supo que Plutón la había llevado a su morada en el Hades (Infierno). Ceres acudió a Júpiter pidiéndole el retorno de su hija, y él accedió, a pesar de que compadecía la soledad de Plutón, pero con la condición de que la joven no hubiera comido nada en el infierno. Entonces, un habitante del averno hizo una inesperada revelación: Proserpina, durante su cautiverio, había probado un pedazo de la granada sacra que crece en esa abominable región.
Así, Perséfone, que fue raptada por un dios masculino, resultó juzgada por otro dios masculino: Júpiter, y no tuvo ni voz ni voto durante el juicio, ya que nunca fue consultada su opinión. Pero su madre Ceres, para obligar a Júpiter a devolverle su hija, volvió estéril la tierra.
La historia en versos
La autora transforma la historia en poesías, pero, en estos versos, dice María Eugenia que “adquiere una vitalidad inesperada y culmina con un final absolutamente diferente. Aquí, Perséfone, dueña de un espíritu libre, no se conforma con un destino impuesto por circunstancias desfavorables, dictaminado por el capricho de los dioses, basado en contingencias adversas, que ella no ha elegido. A diferencia de lo sucedido en el mito, ella, provista de una valentía transgresora, de una lógica irreverente, no acata el dictamen condenatorio, no se doblega ante la injusticia, se pregunta por qué debe someterse a reglas impuestas que cercenan su alegría, a cautiverios absurdos que enrejan sus
anhelos, a imposiciones tornadizas que la encadenan a la infelicidad”.
