Puerta estrecha, felicidad ancha

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Cuando deseamos llegar a cierto lugar siempre es necesario recorrer un camino y también, normalmente, hay que pasar por alguna puerta.

Lc 13,22-30

Para llegar a vivir una intensa amistad con Dios y un sentido fraterno de la realidad, no sirve cualquier camino, es decir, cualquier estilo de vida.

Jesús hoy nos recomienda entrar por la puerta estrecha para llegar a la verdadera felicidad.

El Señor llama nuestra atención para falsas seguridades que pueden despistarnos, indicando gua’u que estamos muy cerca de Él. No basta sencillamente pertenecer a un pueblo que se dice “cristiano“, que sin embargo, exhibe niveles deshumanos de marginación social, y seguramente con la actuación nefasta de este que se jacta de ser “cristiano”.

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No es suficiente participar de algunos rituales religiosos, que podemos llamar novenario, culto, rosario o procesión, pero que no conducen a un serio compromiso de buen samaritano, pues están en función de que “yo me sienta bien y esté en paz“: es el tremendo riesgo del egocentrismo espiritual.

En definitiva, el gran peligro es uno excluirse a sí mismo del Reino de Dios, y al suplicar que se le abra la puerta, escuchar la pavorosa explicación: “No sé de dónde son ustedes. Apártense de mí todos lo que hacen el mal”. Resulta que, alguna vez, la puerta se va a cerrar para siempre.

El camino ancho de la lujuria, del dinero mal habido, del rencor, de la gula, del chisme que envenena la existencia de tantas personas, lleva a la perdición, cosa que el Señor no quiere para ninguno de sus queridos hijos.

Pero quiere que tengamos el valor de entrar por la puerta estrecha, que es apartarse de la soberbia y de derrochar millones en las vanidades del consumismo.

Es asimismo, ser un luchador infatigable por la honestidad en nuestro país, a pesar de todas las culebras y lagartos que hay que tragarse al oponerse a poderosos manipuladores.

Entrar por la puerta angosta también es guardar el domingo como día del Señor, día de la comunidad y día de alegrarse por la Resurrección de Cristo, y lo mejor de nuestro domingo debe ser la participación feliz en la Santa Misa.

Andar por el tape po’i es pedir la luz del Espíritu Santo para entender que “hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos”, de tal modo que desarrollemos constantemente nuestros talentos, seamos generosos al compartirlos, con la seguridad de que este empeño por la justicia y la decencia genera felicidad.

Paz y bien.

hnojoemar@gmail.com