Por una Navidad sencilla y profunda

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El sentido de la Navidad no se limita a un día, en el creyente debe durar toda la vida y con más fuerza en las etapas difíciles. No obstante, tenemos los días simbólicos, el 24 la Nochebuena, esperando el nacimiento del Niño Jesús, y el 25, a plena Navidad. Son días para estar en familia, lo que se cumple de distintas maneras. En nuestro país, como se hace en otros, se ha ido flexibilizando respecto a los encuentros. La exigencia de pasar con los padres y/o suegros principalmente es uno de los rompederos de cabeza; si la pareja no está bien, entonces también es motivo de peleas. Por eso en son de negociación emocional, muchos acomodan sorteando un año con mis padres, el próximo con los tuyos, o bien pasan unas horas con cada uno, o con unos el 24 y con otros el 25. También depende de cómo estén constituidas las familias, si están vivos, si están lejos, etc. Así tenemos diferentes “diagnósticos” familiares.

Lo cierto es que casi automáticamente respondemos al deber de cumplir con todo, con todos. Los saludos en Navidad deberían ser sinceros, pero no siempre es así. Una época sensible despierta muchas susceptibilidades. Por eso en el tiempo de Adviento se pule la preparación espiritual.

No se trata de querer ser ángeles, pero tampoco de no mover un dedo en el trabajo de reflexión. De hecho, los seres humanos somos muy lentos para los cambios interiores, porque encontramos siempre justificativos para postergar el esfuerzo. Se dice que las personas que no les gusta leer (leer como ir ascendiendo a textos más complejos) es porque son perezosas para desarrollar el pensamiento, entonces es más fácil copiar formas de pensar de otras personas que nos lo dan todo hecho, tal como la comida rápida, como los cursillos de superación personal tan en boga, como una película con alguna inspiración histórica o con una línea psicológica, etc. Como la mente, también el espíritu tiene sus secretos para madurar más allá de la emoción del momento, de las fechas simbólicas.

Aún así, es importante respetar la Nochebuena y la Navidad si nos consideramos cristianos. Tener presentes el testimonio de vida de Jesús.

Es una fiesta religiosa, pero también la festejan los no creyentes a su manera, y tenemos expresiones que desvían el verdadero sentido. La Sagrada Familia está compuesta por María, José y el Niño, no por perros ni gatos, no por dibujitos animados, además de imágenes terriblemente ofensivas que aprovechan la época para burlarse, justamente los que dicen ser más inclusivos.

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El festejo de la Navidad ha sido tomado por el comercio, por los no creyentes, por los ateos, por todo aquel que en su libertad de expresión e intención, quiera decir algo. Ante esto, las familias cristianas han de ser tan fuertes como aquellas primeras cuando eran perseguidas y aniquiladas. Los enemigos de la Navidad existen, camuflados o abiertamente declarados, y con ellos convivimos. Necesitamos renovar el trabajo y la fe en todo aspecto. No obstante, es posible, claro que sí, pasar una Navidad sencilla, fortalecida en familia, alegre y profunda. Solos o en familia que brille el sentido de la Navidad en todos los hogares.

lperalta@abc.com.py