Cada día la Contraloría encuentra más irregularidades, tanto de la intendencia como de la junta municipal asuncena. Resulta el caso de Asunción más llamativo que otros por tratarse de la capital, pero las anomalías y tragadas encontradas y denunciadas recientemente en el Luque de los González Daher o la Ciudad del Este de los Zacarías son igualmente graves.
El último caso es el de la intervención de la municipalidad de Lambaré, donde según el informe del interventor se robaron nada menos que quince mil millones de guaraníes entre las administraciones de Roberto Cárdenas y Armando Gómez, el uno colorado y el otro liberal. La fórmula al parecer era cobrar los impuestos y, después, borrarlos del registro; así el dinero faltante quedaba registrado como evasión y el pobre ciudadano, que pagó religiosamente sus impuestos, como un evasor.
Me pregunto si Lambaré es la única municipalidad en la que han encontrado esta fórmula mágica para hacer desaparecer el dinero echándole la culpa a los contribuyentes y, en consecuencia, cuánto de lo que en las cifras oficiales figura como evasión de impuestos es, en realidad, sencillamente un robo de las autoridades.
Pero volvamos al tema central: podría seguir haciendo una lista muy larga de otras ciudades, a juzgar por la cantidad de denuncias y pedidos de intervención, pero estos ejemplos parecen más que suficientemente representativos y lo que significan es que la corrupción sistémica (como la denominó el jurista Daniel Mendonça) que padece el país funciona como una pinza, en las dos direcciones: desde la gran administración de los poderes del Estado y desde las pequeñas administraciones locales.
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Es por eso que cuando alguno de los políticos enjuiciados por corrupción va a la cárcel, desde su feudo se organizan ruidosas manifestaciones de apoyo y todo tipo de protestas. Es por eso que la mayoría de los pedidos de intervención rebotan en la Cámara de Diputados. Los corruptos nacionales respaldan a los locales y los locales a los nacionales.
La situación ha llegado a tal punto que hasta se “inventan” municipios con el simple objetivo de “ubicar” en un puestito a los correligionarios y tener acceso a un presupuesto más del que aprovecharse. De manera que unas cuantas municipalidades no solamente son innecesarias, sino poco menos que inexistentes.
Hay que añadir al problema de la corrupción otro que tiene que ver con la propia organización de los municipios en nuestro país: las autoridades municipales tienen demasiada autonomía y muy pocos controles para manejar sus recursos y, en cambio, muy poca capacidad operativa real para cumplir con sus funciones.
Dos ejemplos de la propia ciudad de Asunción sirven para ilustrar esta paradoja: la municipalidad realizó sin ningún problema y sin ningún control una emisión de bonos multimillonaria y gastó el dinero en lo que le dio la gana sin rendir cuentas a nadie. Sin la intervención, ni siquiera nos habríamos enterado. Esto es: tuvo total autonomía y ningún control para endeudarse y gastar la plata.
Vamos al segundo ejemplo: en cambio no tiene capacidad operativa ni potestad legal para hacer cumplir una simple ordenanza municipal, por ejemplo la prohibición de la presencia en las calles de los “limpia vidrios” y los “cuida coches”. Cuando pide socorro al Ministerio del Interior, este le contesta que no es función de la Policía Nacional hacer cumplir las ordenanzas municipales.
Resumiendo, los municipios tienen las máximas facilidades para corromperse y, en cambio, muchos impedimentos para gestionar las necesidades de sus habitantes. Robar o malversar desde un municipio resulta facilísimo, pero resulta muy difícil llevar adelante cualquier acción, desde asfaltar una calle a despejar una vereda de vendedores informales de contrabando o despejar las esquinas de limpia vidrios.
El resultado de tamaño desastre municipal (que me perdonen los municipios excepcionales, que dadas las circunstancias son todavía más meritorios) es que la gran mayoría de los paraguayos habitamos entornos invivibles: sucios, insalubres, de calles intransitables y peligrosas, tráfico caótico, veredas calamitosas o inexistentes. En consecuencia, la calidad de vida de los paraguayos es cada vez peor.