La cantidad de casos horrorosos e inhumanos es altamente preocupante. Resulta inconcebible cómo puede haber personas que raptan, abusan sexualmente y asesinan a pobres criaturas que ni siquiera cumplieron 10 años o que apenas están ingresando a la adolescencia.
Desde luego que tampoco son comprensibles los numerosos casos de violencia de género, con mujeres maltratadas, violadas y asesinadas, con frecuencia, por miembros de su entorno familiar.
Una causa importante, aunque remota en el tiempo, puede ser que los autores de estos crímenes no fueron educados en valores y con amor dentro de una familia de apoyo y contención permamente. Un niño que se sienta amado, protegido, bien educado y estimulado a sentirse feliz y en armonía con los demás, normalmente, adoptará esta forma de vida a lo largo de su existencia.
La educación en valores dentro de la familia es un pilar básico e irremplazable en la formación de futuros ciudadanos pacíficos y respetuosos con los demás.
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Los padres ausentes, las madres desentendidas de la educación de sus hijos, los pequeños criados en hogares sin normas ni límites y, menos aún, sin figuras paternas a quienes imitar, posiblemente en su vida adulta repetirán el esquema de no dar importancia ni valor a lo que ocurra con los niños y niñas que encuentren a su paso. Los enemigos de la sociedad, las bestias salvajes engendradas por el mal, probablemente arrastran consigo una cuota de responsabilidad de uno o de ambos padres.
Capítulo aparte merecen quienes todavía parecen seres humanos pero que, en realidad, son meros cuerpos ambulantes destruidos por las drogas. Los adolescentes, jóvenes y adultos que consumen habitualmente estupefacientes, tienen el cerebro hecho mierda, y son capaces de realizar actos absolutamente horrorosos sin cargo de conciencia, pues no la poseen. Aquí, comparten responsabilidad por los crímenes no solamente los narcotraficantes sino también las autoridades corruptas que no reprimen estos delitos.
La difícil y penosa vida de los niños en situación de calle también contribuye, de alguna manera, a que ocurran estas atroces acciones de violación y muerte. Duermen, a veces drogados, en cualquier vereda, plaza o edificio abandonado y, en esas circunstancias, no hay límites morales ni reglas de conducta. En la oscura selva, sobrevive el más fuerte; los débiles no duran mucho.
Esta sucesión de horrendos crímenes nos recuerda cuan lejos estamos de la patria soñada, del país fraterno y solidario que pintan los políticos y al cual exaltan los poetas y músicos. Cada vez que una garra asesina acaba con una vida, una estrella se enciende en el universo y una mancha más ennegrece nuestra convivencia social. Exclamar “¡qué horror!” no es suficiente. Hacen falta acciones eficaces de las autoridades y de la sociedad civil.
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