Estremecedora hasta el terror es la película que el realizador africano Abderrahmane Sissako acaba de realizar con el nombre de “Timbuktú” y a partir de ella el nombre estará relacionado con la demencia causada por el fundamentalismo religioso, por la intolerancia, el atraso, la barbarie. No son suficientes los adjetivos que contiene el diccionario para explicar lo que está sucediendo en aquella remota ciudad al norte de Mali, en el desierto de Sahara; una ciudad mítica por haber sido el punto de encuentro de las caravanas de comerciantes que iban de norte a sur y de este a oeste. Esto ayudó a que se convirtiera en un lugar cosmopolita, que se enriqueciera culturalmente y su nombre ejerciera una fuerte atracción no sólo para los comerciantes sino incluso para quienes deseaban estudiar ya que su universidad, una de las más antiguas de África, gozaba de un nivel intelectual notable.
No, no se trata de un cuento de “Las Mil y una Noches” sino fue realidad hasta que llegaron los Boko Haram, una franquicia de Al Qaeda. Sintiéndose enviados de Alá y con la misión de hacer cumplir las enseñanzas del libro sagrado del Corán, procedieron a destruir monumentos de más de mil años de antigüedad, tumbas declaradas patrimonio de la humanidad por la Unesco fueron destrozadas al tiempo que a la población se la prohibía: fumar, beber alcohol, jugar al fútbol, cantar, escuchar música; esto justamente en el corazón de Mali donde, según muchos musicólogos, nació el “blues” que fue llevado a los Estados Unidos por los esclavos en el siglo XVIII. Una mujer que se encontraba cantando encerrada en su habitación, es condenada a recibir cuarenta latigazos.
En Timbuctú se conserva el archivo más rico que existe de manuscritos relacionados con la época de la dominación árabe de España y que fueron salvados por gente de pueblo que apenas sabía leer y escribir; pero eran conscientes de que esto formaba parte de su patrimonio cultural y era necesario jugarse la vida por él.
No estoy muy seguro de si todos estos detalles se narran en la película que es como un aluvión de barbarie y un intento de rescatar lo más humano que hay en el hombre. Mientras la mujer cantaba un auténtico “blues”, que habla de Timbuctú, me acordé de Shakespeare quien dice: “El hombre que no tiene música en sí ni se emociona con la armonía de los dulces sonidos es apto para las traiciones, las estratagemas y las malignidades: los movimientos de su alma son sordos como la noche, y sus sentimientos, tenebrosos como el Erebo; no os fiéis jamás de un hombre así. Escuchad la música”. (Shakespeare, “El mercader de Venecia”, Act. V, Esc. I). Todo esto y mucho más es esta película capaz de indignarnos hasta las lágrimas.
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