“Atajá tu vereda”

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Agobiada por el estrés, el médico no admitió discusiones: ¡A moverse! De nada valieron mis reclamos de cantidad de trabajo y falta de tiempo. Argelado él (igual que su paciente y amiga), impartió la orden sin discusión: “Buscate tiempo o te enterramos antes de que a todos”.

Con el tráfico infernal que hay, me tomaría por lo menos casi 45 a 60 minutos un ida y vuelta a cualquiera de los parques más cercanos. Hacerlo por una senda de peatones y bicicletas entre árboles parecía bastante inseguro para una mujer sola. Así que empecé a caminar por el barrio.

En los primeros días de recorrida ya casi me atropellaron un par de autos que pasan igual con la luz roja, unas motos que se subieron a la vereda, dos perros que me gruñeron media cuadra ante la divertida mirada de sus dueños y sospecho que un par de peajeros que se desalentaron por autos que venían.

Pero nada, nada iguala a la diversión de las veredas. Uno construyó una murallita con la que delimitó su vereda de la de su vecino; otro le puso una represa y hasta una elevación “montañosa” para evitar que el agua caiga por su espacio y hacer que se le vaya al prójimo de al lado. Otro plantó un árbol con cantera en el medio mismo del espacio peatonal y uno más empujó su muralla hasta dejar simplemente una fina senda.

Alguien instaló en su vereda la caseta de sus guardias, que la usan a su vez de sala, comedor, cocina, ronda para tereré y piropos. Otro más avivado convirtió en playa de estacionamiento de sus vehículos. Y en aquellas veredas donde no encontré la muralla, la represa, el árbol, el estacionamiento y el espacio social de sus guardias, casi me doy tremendos porrazos por baldosas destartaladas frente a millonarias mansiones.

Cuando protesté en mi Facebook recordando que las veredas son responsabilidades ciudadanas –no de las autoridades– todos hicimos catarsis y listamos también a quienes usan sus veredas de talleres mecánicos, ventas de autos y motos, exposición de mercerías y ventas de alimentos: imposible caminar por ellas.

El listado ya no fue tan simpático cuando dijeron que intentara pasear carritos de bebés… Y fue dramático cuando sugirieron probar empujar sillas de ruedas de personas con capacidades diferenciadas. O caminar con ancianos o no videntes.

Somos malos, malísimos ciudadanos. Que no tenemos empachos en protestar, reclamar, vociferar, exigir, demandar servicios y derechos a las autoridades a las que pulverizamos por incumplimiento de sus obligaciones. ¿Y nosotros? Vaciar las guampas en las calles es un clásico, igual que estirar los brazos para arrojar latas de cervezas, gaseosas o botellas de agua. Ni qué decir las cáscaras de frutas o los papeles de golosinas, protectores de empanadas o hamburguesas varias.

Y si a toda nuestra irresponsabilidad sumamos funcionarios municipales ineptos que ni controlan ni castigan, el resultado es devastador: nuestras ciudades son una jungla donde solo puede sobrevivir el más fuerte, figurativamente hablando, el dueño de la vereda.

Nos toca elegir: seguir quejándonos en las redes por lo que no hacen las autoridades a las que tanto acusamos o empezar a hacer lo que nos toca. Por alguna parte tendremos que iniciar.

mabel@abc.com.py