Buenos y malos amigos del Paraguay

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Salvando las muchas y profundas diferencias de época y circunstancias, no está de más recordar que, en la Guerra Grande, los países del Pacífico se solidarizaron abiertamente con el Paraguay, en contra de Brasil y sus aliados. Chile, incluso, apoyó sin disimulo y con armas a los montoneros argentinos de Cuyo y La Rioja que se alzaron contra Mitre al grito de ¡Viva el Paraguay! y ¡Viva el Mariscal López!

Conversamos al respecto con el profesor Thomas Whigham, quien se refiere a este hecho en La Guerra de la Triple Alianza, su formidable estudio en tres tomos que, dicho sea de paso, sigue entre los más vendidos en Paraguay y cuya versión electrónica figura entre las más solicitadas en toda América Latina en la librería virtual de Apple.

Whigham advierte contra los siempre vidriosos paralelismos históricos y aclara que la situación de los años 1860 era muy distinta de la actual, pero admite que también a él le llaman la atención algunas curiosas similitudes con lo que ocurre en nuestros días en la región.

En aquellos tiempos, los avances neocolonialistas de España en Santo Domingo y en las islas Chincha en el Perú, así como la aventura francesa en México con Maximiliano de Habsburgo, hacían pensar a las élites de varios países, incluyendo Estados Unidos, que todo eso era señal de una nueva invasión monárquica en el hemisferio.

Tales relaciones eran injustificadas, señala Whigham. Por ejemplo, difícilmente se podía en ese momento vincular en un proyecto común a la Francia bonapartista y a la España borbónica, reinos que de hecho estaban en guerra en Italia.

Pero ello no impidió que en esos países, y también en algunas provincias argentinas y en parte de la intelectualidad rioplatense, la Guerra de la Triple Alianza fuera inmediatamente ubicada en ese contexto. Se lo veía al Imperio del Brasil como un poderoso brazo de la reconquista europea del continente, y al Paraguay como un bravo combatiente de la “causa republicana americanista”.

Estas inclinaciones se reforzaban por algunas antipatías específicas, como el caso de Chile, que no olvidaba que Mitre había permitido el paso por el puerto de Buenos Aires de la flota española que luego bombardeó Valparaíso, o el propio Estados Unidos, que ya hacía tiempo abrazaba la doctrina Monroe y que acababa de salir de su Guerra Civil, a cuyos vencedores no les pasaba desapercibido que el Brasil imperial, de la casa portuguesa de Bragança, seguía siendo un gran enclave esclavista en América.

Luego los temores del expansionismo europeo se disiparon, los tanteos españoles terminaron en fiascos, los juaristas mexicanos se lo llevaron a Maximiliano al paredón, los montoneros de Felipe Varela y los hermanos Sáa cayeron derrotados, los intentos de mediación fracasaron, pero la actitud y el sentimiento claramente pro-paraguayos en el Pacífico y en el norte siempre perduraron, por más que ello apenas pudo ir mucho más allá de la retórica diplomática. La excepción, hay que decirlo, fue justamente Estados Unidos, al que le debemos, entre otras cosas, haber podido evitar el despojo de todo el Chaco.

Insistimos en que la situación hoy es muy distinta de aquella, pero no deja de ser llamativo que, de nuevo, sean los mismos países de la Triple Alianza los que se confabulen, expolien con tratados leoninos, intervengan en los asuntos internos y humillen al “rebelde” Paraguay, y los del Pacífico (menos Ecuador) y Estados Unidos los que le tiendan una mano solidaria, aunque solo sea diplomática.

Si bien con otras características, es obvio que el continente está nuevamente dividido entre dos visiones dispares del mundo, del desarrollo, de la convivencia democrática, y Paraguay una vez más en el medio, tratando de conservar su derecho a la autodeterminación.

El Mercosur buscará ahora arreglar las cosas. El problema es que, para ellos, eso significa que Paraguay simplemente acepte los hechos consumados, cuanto mucho a cambio de algún beneficio compensatorio. Es decir, creen que nos pueden comprar, y lo peor es que es posible que tengan razón.

Tal vez sea ingenuo de mi parte, pero sería estupendo que ellos, pero sobre todo nosotros, recordáramos que este país llegó al límite de su casi total inmolación por defender un único y exclusivo bien: su dignidad nacional. Y, de paso, también tener presente quiénes han sido los buenos amigos en los momentos difíciles.