Concede lo pedido

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Cuando Jesús salía de la ciudad de Jericó encontró a un ciego, que estaba al borde del camino pidiendo limosna, pues, además de la enfermedad, era pobre y marginado por los demás, una vez que la mentalidad del Antiguo Testamento consideraba que las enfermedades eran castigo de Dios por los vicios que los seres humanos cometían.

El ciego se llamaba Bartimeo y en la Biblia “tener nombre” es algo muy significativo. Cuando él supo que venía Jesús comenzó a implorar que Él, Hijo de David, tuviera piedad de su situación, ya que casi nadie se interesaba por él.

Al dialogar con el ciego Jesús le pregunta: “¿Qué quieres que haga por ti?”. La respuesta es prácticamente evidente: él quería ver de nuevo. La respuesta de Jesucristo es profunda, desafiante y eficaz: “Vete, tu fe te ha salvado”. Dice el texto que el comenzó a ver y seguía a Jesús por el camino.

En la vida nosotros también hacemos muchos pedidos al Señor, sea por la salud, por la situación económica, por los amores y desamores, por los estudios y tantas otras cosas. El Señor tiene el poder de conceder lo que pedimos, sea lo grande y difícil que sea, pero el proceso ni siempre sigue la lógica humana. Seamos sinceros: nosotros muchas veces pedimos cosas para vivir bien, no tener problemas ni dolores y disfrutar de todo de modo cómodo. No nos interesa demasiado mejorar la situación social del país o la existencia sufrida de tanta gente alrededor nuestro.

Seguramente, para que vayamos cambiando estas actitudes egoístas es que el Señor, a veces, demora, a veces, nos da algo más necesario o hace un aparente silencio.

Nos enseña el Catecismo: “Al liberar a algunos hombres de los males terrenos del hambre, de la injusticia, de la enfermedad y de la muerte, Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo, sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado, que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas”. (CIC 549)

Hemos de hacer un esfuerzo cotidiano para liberarnos de nuestras cegueras, especialmente las que nos gusta tener, y presentan olor a pecado.

Como Bartimeo, luchemos por tener una fe dinámica, que construye la existencia con otros valores. Asimismo, es reveladora la afirmación: Lo seguía por el camino, pues una vez que nos sanemos de nuestras cegueras, confirmaremos que la enseñanza de Jesús es lo mejor para el ser humano.

Paz y bien.

hnojoemar@gmail.com