Crear caos para reinar

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Piensa mal y acertarás, advierte un antiguo refrán. No es recomendable vivir todo el tiempo pensando atrocidades de la gente pero…, hay tantas cosas mal hechas que uno no puede dejar de imaginar que eso no es casual sino, al contrario, el caos fue gestado con un propósito específico. ¿Por qué las personas construyen chozas en terrenos periódicamente inundados por el río o por qué los asentamientos campesinos e indígenas no incluyen títulos de propiedad de la tierra?

En tantas situaciones difíciles generadas por la pobreza, en los reclamos sociales por mejor educación y mayor salud pública, en las reivindicaciones salariales y manifestaciones de obreros y campesinos, hay un factor en común: la necesidad de ayuda por parte del Gobierno, demanda que puede ser satisfecha, aunque sea parcialmente, por los dirigentes políticos. Todos los caminos conducen a la facultad parlamentaria de ampliar el presupuesto de la nación.

La raíz de todos los problemas, en apariencia, es la falta de un mayor presupuesto. La reubicación de los inundados, la provisión de hábitat propio para los sintierras, la disponibilidad de casas para los sinviviendas, los medicamentos para los enfermos en los centros de salud, hogar y comida para los niños de la calle, mejores sueldos para los docentes, el arreglo de rutas y puentes, todo depende de una ampliación presupuestaria. Es papá Estado el que debe poner la plata. Desde luego que es imposible disponer de suficientes fondos para atender todos los reclamos. No existe Gobierno en el mundo que solucione tantos problemas juntos. Entonces, cabe concluir al menos dos cosas.

Una es que tantas carencias sociales, paradójicamente, favorecen a los políticos porque estos son los únicos que pueden conseguir alguna ayudita, pequeña e insuficiente pero ayudita al fin. Se establece así una relación clientelista entre el ciudadano necesitado y el dirigente partidario, un hecho que conspira contra la esencia de la democracia.

En segundo lugar, el Estado gasta mucha plata para atender tantas necesidades sociales, pero ese dinero es un gasto y no una inversión. Los fondos se utilizan como ayuda de emergencia, como parches improvisados para salvar un mal momento, pero el problema de fondo permanece inalterable. No existen políticas de Estado a largo plazo que construyan soluciones estructurales, de modo que estos problemas sociales vayan disminuyendo con el tiempo y tengamos una sociedad más justa, más equitativa, más satisfactoria para la mayor parte de la población.

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El Estado gasta una enormidad de plata en medidas cortoplacistas que al poco tiempo dejan de tener efecto y los ciudadanos afectados vuelven a su estado de indigencia y actitud mendicante. Cuántos más pobres haya, más preciados serán las migajas que caigan de la mesa de los políticos. Si, en su mayoría, los ciudadanos tuviesen un buen nivel educativo y sus necesidades básicas satisfechas, muchos políticos jamás ocuparían los cargos de intendente, gobernador, parlamentario o presidente de la República. Es triste comprobar esto, pero es la realidad que sostenemos…, por ahora.

ilde@abc.com.py