El papa Francisco, en varias ocasiones, condenó con firmeza a los curas pederastas a quienes calificó como “doctores de la muerte”, no solo por haber traicionado su misión sacerdotal, sino por provocar tanto daño psicológico y físico a niños y adolescentes confiados a su custodia y educación.
El tema cobró actualidad local debido a una investigación periodística en torno a cinco sacerdotes argentinos acusados en su nación ante la justicia por abuso sexual de menores y que encontraron refugio en nuestro país con una poco clara tolerancia de parte de algunos obispos. Aunque no fueron nombrados párrocos ni ocuparon cargos en organizaciones eclesiásticas, estos curas acusados de pedofilia y con pedidos de extradición por parte de la justicia argentina desempeñaban algunas funciones específicas de sacerdotes como la celebración de misas y la administración de los sacramentos.
Desde fuera de la estructura jerárquica de la Iglesia resulta extremadamente difícil comprender cómo es posible que algunos obispos hayan permitido el ejercicio sacerdotal a sabiendas de que tales personas fueron acusadas de pedofilia y son requeridas por la justicia para rendir cuentas de sus actos.
Lastimosamente, el manto de silencio y encubrimiento ha estado presente en muchos casos y en diversos países para evitar la difusión y el sometimiento a la justicia de sacerdotes acusados de abuso de menores en guarderías, seminarios, colegios, parroquias y movimientos juveniles. Era y es bastante común que cuando se denuncia a algún sacerdote por la comisión de estos delitos, simplemente se los traslada a otras localidades o se los envía a otros países cuando por ética, por su fe cristiana y por exigencia de la ley deberían quedarse en sus lugares de trabajo y enfrentar los cargos que se les imputan. La justicia debe aplicarse a todos los ciudadanos, incluyendo a los sacerdotes.
Así como la sociedad y la Iglesia reclaman el fin de la impunidad ante tanta corrupción en la administración pública, con igual intensidad deberíamos exigir el fin de la impunidad para los curas pedófilos.
No estamos hablando de una travesura o alguna falta menor. La esencia de la vocación sacerdotal consiste en difundir la palabra de Dios entre los hombres y promover el mensaje de paz, amor y respeto a la dignidad de cada ser humano como hijo de Dios. Abusar sexualmente de un niño o adolescente es atrozmente contrario al ministerio sacerdotal y una brutal violación de los derechos de los indefensos menores.
Es cierto que Dios misericordioso perdona a los pecadores, pero las víctimas de los pedófilos merecen y reclaman justicia aquí y ahora, en esta terrenal existencia.
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