Del respeto animal

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Los animales salvajes, predecesores de los seres humanos, son por esta básica y sencilla razón, la de haber estado primero, merecedores de respeto. En mi anterior comentario sobre la peligrosidad de los perros, un lector me preguntaba si yo no estaba siendo “especista”, algo así como racista o clasista. Por supuesto, existe la libertad del lector para expresar lo que haya comprendido del texto, pero eso no anula la posibilidad de malentender que un justo reclamo de prevención no tiene que ver con atisbo alguno de superioridad ni divisionismo. Si hablamos del control de los perros en la ciudad, no estamos diciendo que somos superiores, sino que tenemos la responsabilidad de brindar seguridad para ambos: animales y personas. Bien, entrando en el apasionante tema animal, difícilmente se encuentre alguna persona a la que no le gusten los animales, si esto sucede ha de estar ligado a algún trauma o falta de educación. Nos gustan porque fuimos creados para compartir tiempo y lugar.

Lejos del sentimentalismo, la vida no sería posible sin los animales. Los debates sobre comer carne o no para demostrar que los amamos o despreciamos es un ping pong de nunca acabar. Si estamos aislados y hambrientos, ¿dudaríamos en retorcerle el cuello a un pollo para alimentarnos?, por el contrario, satisfechos y en sociedad, no matamos al pollo con nuestras propias manos, aunque sí lo comemos sabiendo que otros lo matan. Este dilema ético fue encantadoramente planteado por un niño brasileño en internet, aquel que no quiso comer el pulpo “sin cabeza” y le decía a su mamá: “¿Por qué matan a los animales para comerlos? Yo quiero que ellos sigan vivos, de pie”. ¿Cuál es el límite de nuestro derecho como administradores del mundo animal? Si estamos en contra de las peleas de gallos, perros y corridas de toros, ¿significa que no matamos insectos? Si de planteamientos para la razón se trata, hay material de sobra, y tal vez los buenos padres y maestros sepan llevar este tema con los niños, aprovechando la moda de onda verde y promoviendo el diálogo participativo.

Dependemos de los animales en muchas cosas, aún para transmitir ideas, tal como lo heredamos de las antiguas fábulas. Se le dice burro al ignorante, toro al hombre fuerte, vaca a la mujer gorda. El zorro es astucia y perspicacia, pobres los lobos y cuervos con la fama que han cargado, afortunados los delfines y caballos por su nobleza y belleza. Los animales rastreros, a pesar de sus aportes ecológicos, provocan miedo y rechazo.

A través de la historia de la humanidad los animales siempre tuvieron participación en todos los ámbitos: religioso, mitológico, social, económico, científico. Muchas culturas indígenas los adoraban por sus capacidades magníficas: el sigilo, la paciencia, el coraje, el equilibrio, la destreza, la velocidad.

¿Qué niño no juega a ser su animal preferido? Hasta hoy hay pueblos que los veneran. De aquí quizás nos vienen las supersticiones de que trae mala suerte matar a los grillos o que se nos cruce un gato negro, etc., son resquicios de creencias antiguas. Los animales, en todas sus familias y ambientes, tienen secretos que los estudios más avanzados no han logrado conocer. Se estima que existen 10 millones de especies, de las cuales solo 1,4 tienen nombres.

Los animales son fuente de aprendizaje y bienestar. Observar a las aves, insectos, mirar pastar a los caballos o ponerse enfrente de una pecera tienen un efecto rehabilitador.

Respetar a los animales es un debate social pendiente, merece un ordenamiento interior, coherencia y cordura para no desviar el tema con fantasías, y principalmente el desarrollo de la conciencia sobre la conservación de los recursos naturales.

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