En previsión de esta insuficiencia, la naturaleza nos ha equipado con la capacidad de ser educados y capacitados indefinidamente. A esa capacidad de ser educados le llamamos “educabilidad”. A la capacidad de poder ser educados corresponde la capacidad de quienes puedan educar, a esta capacidad le llamamos “educatividad”. La educatividad es propiedad de los educadores y la educabilidad es propiedad de los educandos.
Las causas de la difícil crisis que padece la educación familiar y formal son muchas y en un análisis sistémico para identificarlas y buscarles solución hay que incluir el estado actual de la educatividad y de la educabilidad. Tanto los educadores familiares como los educadores profesionales tienen muy condicionada su capacidad por las exigencias que imponen los constantes cambios culturales, científicos, tecnológicos, políticos y sociales. Hoy es mucho más difícil educar que hace pocas décadas, entre otras razones por la movilidad de los conocimientos y de las ciencias; los conocimientos son rápidamente caducos y las ciencias crean nuevas en diversos campos antes desconocidos e inexplorados. Solamente responder a las preguntas: qué enseñar, en qué capacitar, qué competencias desarrollar ya es bien difícil. Y si a estas preguntas añadimos las que provocan las nuevas tecnologías y las múltiples posibilidades creativas para elegir métodos innovadores, entonces comprobaremos que estar ahora capacitados para educar no es asunto fácil.
Estos cambios no presionan solamente a los educadores, sino también y con más fuerza a los educandos. Las constantes novedades tecnológicas, tan fascinantes como las tecnologías de la información y la comunicación, con las computadoras y sus diversos lenguajes, el internet y las demás herramientas de la informática, los teléfonos móviles inteligentes, los recursos disponibles de otras formas de inteligencia artificial, como el GPS, etc… están revolucionando el modo de percibir la realidad, de comunicarse, de expresarse, entretenerse, el modo de pensar y de aprender, el arsenal de fuentes afectivas, la alimentación de la imaginación, etc… que configuran niños, adolescentes y jóvenes con características psicológicas y sociales muy diferentes a las de tiempos pasados. Un niño o niña que entra al preescolar viene cargado con cientos de horas de televisión archivadas en el disco (no duro) de su cerebro y consecuentemente con vivencias afectivas y afectantes, hábitos de percepción audiovisual de lenguajes icónicos (imágenes) acelerados e impactantes, que le marcan con rasgos que condicionan su capacidad de ser educado.
La educabilidad plantea desafíos cada vez más difíciles a medida que van pasando los años escolares, porque a esos factores comunes de la evolución contemporánea se suman otros factores de orden social, ya que al iniciar su adolescencia empiezan a expandirse sus relaciones sociales con progresiva libertad de contactos y movimientos. Y el hecho es que las relaciones sociales de los adolescentes y los jóvenes, aun entre compañeros estudiantes, introducen costumbres que dificultan la educabilidad. Son factores que alimentan intensamente la dispersión, de tal manera que la atención queda fuertemente atraída por impactos, experiencias, vivencias fuertes y emocionantes, que dan color y calor a su corazón, a su mente, a su imaginación, en una etapa de búsqueda de identidad, cuestionamientos, rupturas, expectativas, incertidumbres y esperanzas. Coincide que al adolescente se le exigen estudios que demandan más concentración y esfuerzo mental, precisamente cuando su mundo interior está más inestable y disperso. Esta coincidencia es inteligente, porque precisamente para su maduración necesita contrarrestar los movimientos de inestabilidad, incertidumbre y búsqueda con la profundidad de las abstracciones y el rigor de las ciencias, necesarios para la comprensión lo más objetiva posible de la realidad.
La dificultad para la educabilidad está en que ese mundo interior inestable y disperso es más agitado y desintegrado aún si se acompaña con el vértigo de los contactos superficiales por medio de internet o celulares inteligentes y con la alienación del alcohol, las drogas y el sexo sin responsabilidad ni compromiso.
La educabilidad en esas condiciones baja su potencial a niveles ínfimos.
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