El bien público y el privado

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En los años que ejercía de manera activa el periodismo fui a una rueda de prensa convocada por la entonces directora de cultura de la Municipalidad de Asunción, Leonarda Páez de Virgili. En un momento se me ocurrió preguntarle (este era en realidad el motivo de la rueda) por qué su departamento nunca daba a conocer detalles de su presupuesto, los gastos que se realizaban y el destino que se le daba al dinero. Se volvió hacia mí echando rayos con la mirada y me respondió: “¿Y a usted qué le importa lo que hago con mi dinero?” “Perdone señora –le dije– pero no es su dinero sino nuestro dinero, el que aportamos todos los ciudadanos a través de nuestros impuestos”. La rueda de prensa terminó como el rosario de la aurora.

El concepto de bienes públicos y bienes privados se confundían en los bienes del partido. Era la época de la dictadura. Desde entonces a nuestros días creo que el panorama no ha cambiado mucho y las cosas permanecen tal cual. Incluso estoy tentado a decir que siguen exactamente igual sin que nada de esto haya cambiado.

Lo que estamos presenciando lo confirma. Cada nuevo capítulo que nos entrega la prensa de cada mañana nos descubre no solo el grado de venalidad y de corrupción de nuestra clase política, sino la ignorancia supina que tienen en cuanto a lo que significa utilizar los bienes públicos. Digo “bienes”, no dinero, porque con esto se incluyen los vehículos del Estado, los edificios públicos, los espacios abiertos, las plazas, los parques, las calles, que son tomados, apenas se accede a un cargo público como si ellos formaran parte del patrimonio privado.

Dos casos ilustrativos son el de la ministra de Justicia, Carla Bacigalupo, y el de la ministra del Tribunal Superior de Justicia Electoral (TSJE) María Wapenka. La primera de ellas acaba de regresar de un viaje a la India, adonde se fue a meditar en la secta del santón Sri Sri Ravi Shankar llamada “El Arte de Vivir”, todo pagado. ¿Por la secta? No, por nosotros, los contribuyentes: pasajes en avión, hoteles, viático. Para viajar no hay que privarse de nada. Yo sugiero que la secta le dé el título de “doctor honoris causa” pues evidentemente se ha graduado en el arte de vivir (a costillas del prójimo) con la nota “summa cum laude” (en nuestra antigua primaria se decía: “diez felicitado y sello”).

El caso de la ministra Wapenka no es, esencialmente, muy diferente. Mientras se paseaba por el Bois de Boulogne o abajo de la Torre Eiffel (París), aquí le corrían viáticos por cursos sobre honestidad en la administración pública que estaba dictando, en diferentes pueblos del interior. Para ello contaba con la colaboración de numerosos parientes, incluyendo a sobrinos en plena adolescencia que cobraban horas extras y viáticos en Encarnación, mientras se encontraban en ciudades distantes de su lugar de residencia. De nuevo el caso del dinero público confundido con el dinero privado y la absoluta ausencia de escrúpulos para cobrar por trabajos inexistentes, imposibles de cumplir, además, por realizarse al mismo momento en diferentes lugares del planeta. No sé si es en descargo de esta gente, pero me atrevería a decir que el problema está en que no saben que eso que están haciendo es simplemente un acto delictivo.

Frente a estos hechos y varios otros que son fáciles de encontrar en la prensa todos los días, nos enfrentamos con una justicia remolona que, o tarda mucho en reaccionar o bien no reacciona nunca. Se preguntaba ya Hamlet qué es más duro para el espíritu: si soportar los golpes de la suerte adversa o las tardanzas y postergaciones de la justicia. Mientras la justicia no logre despertarse de su letargo tropical, seguiremos empantanados en los mismos problemas; ellos cambiarán de nombre, se darán dentro de otras circunstancias, pero en el fondo seguirán siendo idénticos a los de hoy.

En mi época de colegio, teníamos una materia llamada “Educación cívica” en la que se nos hablaba de valores, de los valores cívicos, de nuestros deberes, de nuestros derechos, de nuestras obligaciones. Sabíamos que existía una cosa pública y la obligación que tenían los gobernantes de rendirnos cuenta de sus actos. Es evidente que nuestra actual clase política no tuvo esa materia en sus programas de estudio. Solo estudiaron “el arte de vivir” y se graduaron summa cum laude.

jesus.ruiznestosa@gmail.com