El cinturón salva vidas

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El paraguayo prefiere disciplinarse, agonizar y hasta dejar de beber alcohol cuando va a conducir un vehículo antes que resignarse a utilizar el cinturón de seguridad. De que esa faja disponible para cada asiento últimamente salva vidas es un dato rodeado de indiferencia, aunque estadísticamente comprobado a la saciedad.   
  
Si bien obligatorio de acuerdo a todos los reglamentos de tránsito y de seguridad, su utilización en nuestro medio sigue siendo esporádica. El costo en luto, dolor y pérdidas económicas es inconmensurable ya que generalmente las víctimas de accidentes fatales de tránsito son personas jóvenes con todo un potencial de vidas productivas echadas a perder por una negligencia infantil.   
 
El cinturón de seguridad hasta ayuda a combatir el cansancio en los viajes largos porque obliga a una postura erecta y ergodinámica que nos mantiene alertas mientras atrasa el dolor de espaldas producto del cansancio. Pero nada de eso es persuasivo para nuestros compatriotas. El cinturón de seguridad tiene para muchos la misma utilidad que el cenicero de una motocicleta.   
  
Todos conocemos ejemplos de vidas jóvenes que fueron tronchadas muy prematuramente por la sencilla falta del click inicial que todo conductor o pasajero de vehículo debe obligarse auditivamente a experimentar antes de siquiera encender el motor.   
  
La historia de la infalibilidad del cinturón de seguridad es larga y honrosa. Llegué a Nueva York a principios de marzo de 1982 y me sorprendió la cantidad de cartas de madres agradecidas al gobernador demócrata Mario Cuomo por haber sido el primero en hacerlo obligatorio en las rutas del Estado Imperio y en menos de dos semanas se hablaba de haber escamoteado a la parca una centena de cuasivíctimas que vivieron para contar cómo fue el accidente carretero. Cuomo hubiera llegado a presidente si no le acobardara meterse a las primarias de su partido. Era la era Reagan.   
  
Anteriormente, uno de los avisos más efectivos tenía a un veterano oficial de la Policía Estatal de Illinois mirando fijamente a la cámara al anotar "en mis 30 años en la Policía Rodoviaria, nunca, no importa cuán grave el percance, destrabé el cinturón de seguridad de alguien que ya no estaba con vida. El cinturón salva".   

Por eso, me llama la atención la nula importancia que la propia prensa otorga a viajar con el cinturón puesto. Se lee, como en el caso luctuoso del oficial militar que falleció en la caravana del ministro de Emergencias, que "salió despedido", lo que necesariamente implica que no tenía puesto el cinturón. Noticias de accidentes como ese podría en todo caso servir para educar al resto sobre la relevancia de este mínimo gesto de deseos de supervivencia. Que un rescatista internacional que ayudó a salvar vidas en Haití viaje sin el cinturón puesto parece más irónico aún.   
  
Si va a conducir, no beba, pero ajústese los cinturones. Incluso si ingiere algo de alcohol, igual no olvide el cinturón. Y crúcese los dedos; mejor borracho y preso que angelito.    
  
Ricardo Caballero Aquino

Historiador, diplomático, ex periodista y padre de familia con el Jesús en la boca.