El hombre que desbancó Montecarlo

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En la novela “El tango de la guardia vieja”, de Arturo Pérez Reverte, el protagonista Max Costa, caracterizado por su agudeza mental para aprovecharse de los demás y para quedar siempre bien parado, aparece silbando en varias ocasiones una canción popular llamada “El hombre que desbancó Montecarlo”.

Ese hombre existió, se llamaba Joseph Jobson Jagger y fue un ingeniero mecánico en una fábrica textil, a quien sus conocimientos sobre el funcionamiento de las máquinas de hilar lana, y, por supuesto, su ingeniero, le llevaron a concluir que las ruletas de los casinos, como sus hiladoras, tampoco estarían perfectamente equilibradas, que se desgastaban; y que ese desgaste podría hacer que algunos números tuvieran mayores probabilidades de salir.

Resuelto a vulnerar el sistema, Jagger contrató a seis ayudantes para que anotaran los resultados de las seis ruedas de ruleta del Casino de Montecarlo. Detenidamente estudió los números, hasta que encontró lo que buscaba: en cinco de las seis ruletas los resultados parecían ciertamente fruto del azar, pero en una de ellas algunos números aparecían con una frecuencia muy superior a lo que la probabilidad natural indicaba.

El 7 de julio 1875 fue el día en que puso en práctica su teoría y ganó una considerable cantidad de dinero para la época: 70.000 dólares. Al cuarto, sus ganancias ascendían a 300.000 dólares. Cuando el casino comenzó a sospechar que la buena racha no era solamente tal, Jagger tuvo el buen tino de retirarse con bastante dinero en el bolsillo.

En Paraguay, al ingenioso Jagger no le hubiese tomado mucho tiempo percatarse de que las mayores probabilidades de hacerse rico en poco tiempo están en las obras públicas y que el discurso del déficit de infraestructura esconde una mina de oro para quienes de manera ingeniosa, pero también artera, timadora y expoliadora, disfrazan de licitaciones sus contrataciones directas.

Así Jagger hubiese identificado necesidades reales para hacerlas funcionales a sus propósitos. También hubiese distribuido a sus seis ayudantes, o quizás más, en puestos clave para que respondan a sus objetivos.

Y entre esas necesidades reales hubiese estado sin duda el aeropuerto, una obra de la que muy astutamente Jagger hubiese dicho que es imposible de ejecutar, sino mediante una concesión o una “alianza público-privada” de 30 años, pues para entonces, Jagger ya se habría dado cuenta de que en cualquier obra pública hay importantes comisiones, pero que en los contratos de largo plazo tiene asegurada una tranquila jubilación.

Entonces Jagger como coyuntural elemento de la patria contratista hubiese elegido a la empresa con quien llevar a cabo este gran negocio, mientras se aseguraba de que su equipo estuviese instruido para allanarle el camino.

Si la empresa elegida tiene antecedentes de defraudación o incumplimiento que peligren el patrimonio público, sería una cuestión menor. Igualmente, irrelevante si una auditoría revelara sus maniobras maquiavélicas para conducir la disfrazada licitación y que la ciudadanía ya se hubiese percatado de ello. El plan está para ser ejecutado.

¡Menos mal Jagger ya murió! De lo contrario, esta semana lo escucharíamos defendiendo el atropello a las normas para entregar el aeropuerto, despreciando los intereses nacionales, pisoteando su propia palabra y ofendiendo el sentido común.

pcarro@abc.com.py