Después de atravesar la Semana Santa como un abismo de amor, donación y sufrimiento, llegamos a la mañana del domingo de Pascua: ¡es la aurora de la nueva creación e inicio del nuevo ser humano!
Una vez Dios creó este mundo espléndido, que el hombre damnificó por su orgullo y su desobediencia. Ahora, en Cristo, Dios recría el mundo y da nuevo sentido para nuestra vida, con todo lo que lleva de gozo o de angustia, de victoria o de fracaso.
Asimismo, da nuevo sentido para la muerte, que ya no inspira tanto temor, porque ya no es la última cosa que ocurre, pues en la Resurrección de Cristo este enemigo ha sido vencido para siempre y las puertas del Paraíso se abren de par en par.
Por esto no cesamos de aclamar con el salmista: “Este es el día que hizo el Señor, alegrémonos y regocijémonos en él. Demos gracias al Señor, porque es eterno su amor”.
Sin embargo, transformarse en un nuevo ser humano, un nuevo hombre y una nueva mujer implica tener otra clase de actitudes.
Como María Magdalena hay que afanarse desde temprano para encontrarse con el Señor, no podemos ser indiferentes a su gesto grandioso de amor. Como Pedro y Juan hay que “correr”, moverse con ganas y no ser insensibles para convencerse de que el Resucitado es el Crucificado.
Como todos los discípulos fieles a lo largo de los siglos examinar con esmero lo que las Sagradas Escrituras hablan del Mesías, de las profecías y su plena realización en Jesucristo.
Ser un nuevo ser humano es saberse ungido por el Espíritu Santo en el bautismo, reconocerse dueño de una fuerza triunfadora ante tantas mezquindades que suceden en nuestra vida. De modo especial, ser como Jesús, que pasó haciendo el bien.
Hacer el bien: también nosotros debemos sanar y suavizar la carga de las personas que caen en las trampas del dinero, del sexo y del egoísmo.
Es tener una experiencia tan fuerte de Cristo a punto de ser vibrante testigo de la Resurrección y gastar la vida para anunciar que este nuevo ser humano es posible y que tenemos recursos para vencer nuestras inclinaciones más torpes.
Una nueva sociedad es posible, con más fraternidad y justicia, por ello, no se canse de construir una convivencia más razonable en su familia, en el tránsito, en el trabajo y en su comunidad religiosa.
Paz y bien.
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