El rol del padre se ha ido desvalorizando en los últimos años en la medida en que, por un lado, las mismas familias se han ido desarticulando como un núcleo unido y, por otra parte, una corriente supuestamente progresista expande la idea de que los niños y adolescentes deben construir su propia identidad y en este proceso los padres solo deben ser respetuosos observadores.
Como consecuencia de las familias desintegradas por la emigración de uno o ambos progenitores, el ensamblaje de dos o tres matrimonios desunidos en otro nuevo y la autoconstrucción de personalidad de niños y adolescentes por su propia cuenta se nota en muchos hogares la ausencia del padre.
Pareciera que ser padres hoy significa poner la semillita, aportar el sostenimiento económico y nada más. Los niños y adolescentes (ni hablar de los jóvenes) deben crecer por su cuenta, como si cada uno tuviera un invisible pero ocupado ángel de la guarda que proporciona las respuestas adecuadas ante los mil y un problemas que la vida plantea cada día.
Si algún padre se mete mucho en la vida de sus hijos, aparece la crítica de que es un sobreprotector, un autoritario, un anticuado machista, un violador de los derechos de la niñez y la adolescencia. Como a nadie le gusta ser tachado de represor ni antiprogresista, surge la salida cómoda del dejar hacer, aplicar la ley del ñembotavy y que los chicos hagan lo que se les ocurra.
Esta renuncia al deber de ser padres, poner límites a los niños, educarlos en valores, señalarles el camino y acompañarlos de cerca en su proceso de transformación de menores a adultos es un grave error. Ser padres implica una responsabilidad irrenunciable e indeclinable.
Lo que los padres ausentes no tienen en cuenta es que los niños necesitan pautas de conducta y que los adolescentes precisan de modelos de vida. Si los padres no asumen su responsabilidad, entonces los chicos recurrirán a otras fuentes para que los guíen. Aquí aparecen los amiguitos del barrio, las barras del colegio, los dibujitos animados de la tele, los “amigos” virtuales en la computadora, las asociaciones de fanáticos de algún cantante o de club deportivo, las letras de los temas musicales de moda, etc.
Si en el hogar los padres no son exigentes en la formación humana y académica de sus hijos, estos adoptarán como “maestros” a los caciques de las calles, a los jefes de pandillas de los colegios, a los fantasmas que operan en Facebook, a los cantantes de baja estofa del reguetón y a los promeseros de paraísos a través del alcohol y de las drogas.
Feliz día a quienes son padres de verdad y no simples poses fotográficas para figuretear en las redes sociales.