El perdón de los pecados

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Jesús resucitado aparece a sus discípulos al atardecer del primer día de la semana, es decir, el domingo y es por esto que nosotros lo celebramos como “El día del Señor”. Por ello, el domingo es el día por excelencia para reunirse con los hermanos de fe y festejar juntos la vida nueva en la Eucaristía, es la acción de gracias por la maravillosa obra de Dios.

Después de llenarlos de alegría por este encuentro absolutamente inimaginable para el cerebro humano, el Señor los envía como sus misioneros, a la par que hace la revelación sobre el perdón de los pecados: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.

Vemos que es deseo explícito del Señor resucitado que haya el perdón de los pecados y es también de su agrado conferir a sus discípulos el poder de perdonarlos, poder que solamente Dios posee y por esto les confiere el don del Espíritu Santo.

La realidad “pecado” es algo que devasta al ser humano y a la sociedad. Modernamente, hay personas que no aceptan bien el término “pecado” y prefieren utilizar palabras más ambiguas, como “falta de iluminación... defecto personal... equivocación... retraso espiritual” y otras.

“Pecado” proviene del latín “peccatum” e implica la violación de normas morales, sin embargo, es mucho más que esto, ya que expresa un rechazo de Dios y una desobediencia libre y deliberada de sus enseñanzas. Es cuando la voluntad humana se opone a la voluntad divina conocida, ya sea por un mandamiento revelado o por la conciencia sembrada por Dios en cada ser humano.

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Para que haya pecado son necesarias tres condiciones: libertad para decidir si hace o no hace tal cosa; conocimiento de que está en contra de los mandamientos de Dios y la materia, que es el hecho en sí mismo, lo cual tiene distintas gravedades.

El Señor nos deja el sacramento de la Reconciliación para que encontremos el perdón verdadero. Para una buena Confesión la persona hace un examen de conciencia y debe sentir una decepción consigo mismo por haber ofendido a Dios.

También confiesa junto al sacerdote sus faltas, recibe el perdón de Dios y cumple la penitencia, que significa un empeño por recomponer el orden dañado por su pecado. Por último, es conveniente alabar al Señor porque perdona y nos llena de su amistad de nuevo.

Pascua es vida nueva y esto implica un corazón nuevo y actitudes más coherentes y más solidarias.

Paz y bien.

hnojoemar@gmail.com