El peso de las palabras

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SALAMANCA. “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, escribió en una oportunidad Ludwig Wittgenstein. Estas reflexiones del filósofo eran para María Moliner Ruiz su realidad cotidiana, física, palpable. Pero a pesar de las adversidades que le tenía reservadas la vida más allá de esos límites tras los cuales se sentía tan protegida, puso toda su energía en superarlas y fue vencida por aquellas que no estaban en sus manos superar.

Dicen que el actor italiano Vittorio Gassman, convencido de que cualquier texto podía ser dramatizado, ofreció en una oportunidad un monólogo que consistía en leer la guía telefónica de Roma. Me vino la anécdota a la memoria cuando vi que un diccionario se convertía en tema de una obra teatral llamada, naturalmente, “El diccionario”. Solo tres actores en el escenario del teatro La Abadía de Madrid: ella, su esposo y el médico que la atendía. La protagonista: María Moliner Ruiz (Zaragoza, 1900 - Madrid, 1981).

Si bien se licenció en Historia, su verdadera pasión eran la filología, la gramática, la lexicografía. De ideas izquierdistas –lo que motivó su posterior persecución–, se afanaba obsesivamente por redactar un diccionario “orgánico”, en el que las palabras no estuvieran expuestas por orden alfabético, pues esto no hacía más “que desperdigarlas” por todo el diccionario, sino por familias. En su primera edición de 1966, una compleja labor de tipografía logró superar este problema respetando así lo “orgánico” con el orden alfabético.

Su labor parecía demencial, ya que no solo pretendía llevar adelante un diccionario que no tenía precedentes en castellano, sino, además, buscaba corregir errores del diccionario de la Real Academia Española, que caía en tautologías (“como sucede en todos los demás idiomas”, decía Moliner), cayendo en círculos viciosos al definir una palabra por otra más conocida. Ponía un ejemplo:

“Conculcar=infringir; Infringir=quebrantar; Quebrantar=traspasar, violar; Traspasar=transgredir; Violar=infringir o quebrantar; Transgredir=quebrantar”, con lo que el círculo vicioso quedaba cerrado.

No solo se oponía a las tautologías, sino también a las definiciones. Por ejemplo, “libertad”. En la edición del diccionario de la RAE de 1950 se la definía como “Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar. Facultad de hacer y decir cuanto no se oponga a las leyes ni a las buenas costumbres”. Y ella corrige: “Facultad del hombre para elegir su propia línea de conducta, de la que, por tanto, es responsable”.

Buscaba que su diccionario estuviera dirigido a todos, tanto para los que tienen el español como idioma propio, “como para los que lo aprenden. Para ello, traer a la mano del usuario todos los recursos de que dispone el idioma para nombrar una cosa, para expresar una idea con la misma precisión o para realizar verbalmente cualquier acto expresivo”, según sus palabras.

El diccionario apareció en dos voluminosos tomos en 1966. No se podía negar el aporte que la obra significaba y fue propuesta para ingresar en la Academia por Dámaso Alonso y Pedro Laín Entralgo.

De este modo, se convertiría en la primera mujer miembro de la RAE. Pero no, entró un hombre: Emilio Alarcos Llorach. Esto la decepcionó: “Si ese diccionario lo hubiera escrito un hombre –dijo–, dirían: ‘Pero y ese hombre, cómo no está en la Academia”.

Represaliada ella y toda su familia por el gobierno de Franco, perdieron sus puestos de trabajo, y cuando muchos años después recuperó su puesto de bibliotecaria, la habían bajado dieciocho puestos dentro del escalafón. En sus últimos años, sufrió una arteriosclerosis cerebral. Las palabras, que habían sido el sostén y la fuerza de toda su vida, comenzaban a huir de su memoria, las olvidaba, las desconocía. Todas ellas estaban allí, en su diccionario, pero nunca más en su cabeza.