¡El púlpito!

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SALAMANCA. Nunca pensé que podía llegar a ocurrir si bien me dijeron que esto había sucedido ya una vez, durante la presidencia de Raúl Alfonsín (1983-1989). El Presidente argentino asistía a una misa celebrada por el capellán castrense cuando a este no se le ocurrió mejor idea que aprovechar el sermón para criticar, con duros términos, al Mandatario. Alfonsín se acercó al sacerdote y, pidiéndole permiso para hablar, refutó todas sus críticas.

No puedo decir con toda certeza que esta anécdota sea absolutamente cierta, pero sí me atrevo a decir que el incidente provocado por un sermón, fuera de lugar, dicho por monseñor Mario Melanio Medina, durante la celebración de una misa en Villa Florida (Misiones), tiene que dejar una enseñanza positiva en todos para que vayamos aprendiendo, a pasos muy pequeños, es verdad, el uso responsable de una libertad que nos está costando mucho esfuerzo conservar.

El episodio es simple: el obispo aprovechó el sermón para criticar al presidente Federico Franco, allí presente, por haber autorizado el uso de semillas transgénicas de algodón. Dijo que dicha variedad de semilla requiere un “estudio minucioso antes de ser aprobado su uso”. Franco se acercó al sacerdote, le pidió permiso para hablar y respondió a sus críticas. Hasta aquí el hecho narrado con cierta objetividad.

Melanio Medina, ante la reacción del presidente, insistió que “personas entendidas en la materia” le informaron sobre los peligros que entraña el uso de las semillas transgénicas y terminó insistiendo en lo del estudio “profundo” antes de “aprobar el uso de las variedades genéticamente modificadas”.

En algunos diccionarios, la palabra “cátedra” aparece como sinónimo de “púlpito” y en las aulas de la antigua universidad de Salamanca, fundada en 1218, los profesores impartían su cátedra desde un sitio físicamente idéntico a lo que hoy llamamos “púlpito”. Así, por respeto intelectual hacia ambas actividades: el predicar y el enseñar, es conveniente que la persona que lo ocupa, en un momento determinado, actúe con la honestidad intelectual que le exige el sitio de privilegio en que se encuentra.

En nuestro país recurrimos con mucha más frecuencia de lo recomendable, a fórmulas como “la gente dice”, “se comenta con insistencia”, “todo el mundo sabe”, “es del dominio público”, etcétera, sin especificar quién es esa gente, quién es la que comenta, quiénes forman “todo el mundo” o quiénes componen el “dominio público”. Así pues, Melanio Medina no puede fundamentar sus críticas, dichas desde la “cátedra”, en lo que le dijeron “personas entendidas en la materia”. Necesitamos saber, para tomar en serio o no sus palabras, quiénes son esas “personas entendidas en la materia”. Igual fuerza que esas opiniones recogidas por Medina pueden tener las que yo he recogido de gente también entendida en la materia y que opina lo contrario. Un científico me resumió el problema con un ejemplo baladí: “¿Estás seguro que esa manzana que tienes en el plato es la misma manzana que comieron Adán y Eva?”.

Coincidentemente, en mi artículo anterior, al recordar el diálogo mantenido por Umberto Eco y Carlo María Martini, por entonces arzobispo de Milán, mencionaba la “cátedra” de responsabilidad intelectual que estaban impartiendo ambos a través de sus cartas en torno al tema: “¿En qué creen los que no creen?” y terminaba lamentando en lo que se “ha convertido la iglesia (así, con minúsculas) en nuestro país”. Después del indecente e ignominioso espectáculo ofrecido por el obispo Fernando Lugo y su carrera política; ante su indecorosa gira por los países vecinos, vestido de un mal disimulado “clerygeman”, es imprescindible que se abra un debate, o, por lo menos, se llame a una reflexión sobre las cosas que están sucediendo, porque son serias y nos afectan a todos: la palabra de la Iglesia (esta vez sí con mayúsculas) y la acción política. Hemos llevado las cosas demasiado lejos y se ha confundido con la peor de las intenciones, qué es lo que pertenece al César y qué es lo que pertenece a Dios, porque de ese revoltijo de ideas, de verdades dichas a medias y de mentiras disfrazadas de verdades; de ese batiburrillo de intereses poco nobles, se busca satisfacer intereses innobles, ambiciones mezquinas y deseos indignos. Es por esto que urge que en el momento de actuar, actuemos pensando en el sitio que estamos pisando.