Hacia el final de ese viaje habrá dos encuentros emblemáticos: con el ciego de Jericó (cap. 18) y con Zaqueo (cap. 19).
Tengamos en cuenta de que ese viaje, más que de un trayecto geográfico, trata de un “trayecto teológico”, o se preferimos decir: un viaje de juzgamiento.
En efecto, todas las personas que se encuentran con Él durante ese viaje son invitadas a elegir a Jesús y a su proyecto de justicia y, cada uno debe tomar una posición: aceptarlo o rechazarlo. Por esto se afirma: “es un viaje de juzgamiento”.
El relato de hoy muestra tres personas ante la opción: elegir a Jesús y seguirlo de modo confiado y coherente, o escoger otro estilo de vida.
Uno le dijo: “Te seguiré adonde vayas” y el Señor le manifestó que para seguirlo hay que optar por una existencia austera, y no desfallecer ante algunas precariedades.
Otro afirmó que le seguiría, sin embargo, antes quería enterrar a su padre. Cristo le exhorta dejando claro que no se puede invertir las prioridades: en primer lugar debe estar la obediencia a Dios y su servicio.
La tercera persona también sostuvo que elegía a Jesús y lo seguiría, sin embargo, pone un “pero”, que hace adiar su decisión. El Señor le responde de modo categórico: “El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”. Jesucristo afirma que, al aceptar su enseñanza y su proyecto, ya no se puede “mirar hacia atrás” y tener miedo de dejar ciertas cosas en la vida, para quedarse con otras mejores.
El evangelista no dirá nada sobre la decisión final de estos personajes.
Ahora, en el siglo XXI, el Señor también nos presenta la misma invitación: elegir a Jesús y saberse afortunado por estar cerca de Él, por seguirlo con un corazón alegre, sin miedo de las renuncias que debemos hacer para mantener su amistad.
Debemos ser auténticos “discípulos y misioneros”, que leen la Biblia, y usan sus talentos para construir su Reino de fraternidad.
Paz y bien
hnojoemar@gmail.com