Haraganería local

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Ser vago o haragán es algo que utilizamos mucho y tradicionalmente la palabra conlleva mucho de negativo. No es extraño que se nos tilde a los paraguayos de haraganes, tanto entre los compatriotas como los extranjeros. Sin embargo, detrás del rechazo a pasarte una taza, ayudarte a acomodar la mercadería del supermercado, cortar el pasto, puede haber distintas razones.

En los oficios manuales el tema está bien marcado, por eso las empleadas domésticas más cotizadas son las diligentes y, por supuesto, tienen que ver otros factores como mejor trato, contrato y sueldo. Por su parte, los empleados públicos llevan fama de tremendos haraganes y sobran las muestras. Aquel que entra dentro de un sistema parásito se arriesga a quedar catalogado como un bueno para nada.

También se liga la pobreza con la haraganería. Este concepto está pintado en aquel comentario: “Si el rico duerme la siesta, descansa; si lo hace el pobre, es haragán”, palabras siempre capaces de crear polémica de largo e interminable debate. Sarmiento, el intelectual argentino, sobrepasando la esencia y la libertad pampeanas, calificaba a los gauchos de “chusma de haraganes” y expresaba abiertamente su deseo de exterminarlos.

También erróneamente se llama perezosos a los que conforman el grueso de la desocupación por falta de fuentes de trabajo.

Una señora extranjera me decía que la haraganería local nace históricamente y tiene que ver con aquello de la naturaleza tan generosa: “Los guaraníes solo tenían que tomar la fruta del árbol”. ¿Perduró esta costumbre en nosotros por siglos? No me animaría a negarlo, porque lo que los pueblos guardan dentro de sí como una verdad es difícil de borrar. Si los guaraníes eran vistos como haraganes por los conquistadores, hoy probablemente ocurre lo mismo, pero con otras denominaciones sociales.

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Otro motivo que muchas veces no es tenido en cuenta por las personas activas es llamar vago al enfermo. Nuestro “kaigue” suena como algo cómico, pero puede ser enfermedad física o mental. Por ejemplo, mucha gente laboriosa sufre anemia sin saberlo, no la siente porque su grado de necesidad económica, responsabilidad, voluntad es grande, y aunque no le preste atención, las consecuencias llegarán. Luego están otras enfermedades como las provocadas por los parásitos, otra de las razones por las que muchos carecen de fuerza y energía. Cuántos niños llenos de bichos acuden a la escuela, pero no pueden aprender y ahí mismo o en la casa se los denigra injustamente. En cuanto a enfermedades mentales, sabemos de la depresión, pero hay más.

Para la mayoría calificar de haragán es lo más rápido, pero toda aparente haraganería tiene su razón.

Otro punto es que, por nuestra cultura práctica para la sobrevivencia, no comprendemos el alcance laboral de los estudiosos. No tenemos una cultura que valore la investigación o la creación artística. “¡Arriba haragán!, ¡no desperdicies la vida! Ya dormirás bastante en la sepultura” (Benjamín Franklin). Dicen que existieron grandes perezosos en la historia, algunos de ellos fueron Shakespeare, Madame Curie y Guillermo el Conquistador.

Tampoco podemos obviar el biorritmo (ritmo físico, emocional e intelectual), es decir saber cómo funciona y por qué hay días en que volamos en todo y días en que nada sale y nos sentimos perfectos inútiles. A esto habría que sumarle la sana desconfianza hacia un estilo de vida que simula promover movimiento y felicidad, cuando en realidad genera cansancio y apatía.

La pereza existe y es una de las tentaciones más difíciles de vencer, pero a no confundirla con un merecido descanso. Si algo bueno –en su medida– podemos sacar de ella es que baja los niveles de estrés.

lperalta@abc.com.py