Inmoralidad política

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La oferta política actual es pródiga en candidaturas de todo pelo y marca; es por ello que se torna necesario recordar estos versos de ocasión, perdidos en la autoría y el tiempo: “En épocas de bárbaras naciones, a los ladrones colgaban de las cruces; en estos tiempos de luces, del pecho de los ladrones cuelgan cruces”.

Me tomé el gusto de contar la cantidad de pretendientes a Presidente de la República y me encontré con una veintena; no creo, sin embargo, que esté mal. La pluralidad siempre ha sido una virtud muy deseada en la democracia. Lo que sí encuentro peligroso es la calidad de la oferta, y lo digo por qué, a seguir:

El relativismo político

El relativismo de la moral es un caos que la política paraguaya está adoptando como sistema de conducta. Para los políticos defensores de esta corriente, los valores humanos son relativos y nunca absolutos, por ello, contemporizan con el cambio de los valores y por consiguiente el cambio ético de la sociedad. El relativismo político conduce a forzar la escala de valores de los demás para imponer “los míos” en un malentendido concepto de libertad. Sin embargo, ser libre no es hacer lo que quieres, sino lo que debes.

El rechazo de ciertas formas de vida no es ya una afirmación de valores, sino un acto de discriminación, de modo que algunos, por rechazar sistemas de conducta, pueden ser llevados ante tribunales y acusados de intolerancia. La sociedad occidental en general y la paraguaya, en particular, está pasando por lo que es el cambio más peligroso de su historia. Lo que antes era una desviación de conducta, ahora es una expresión diferente del modo de vivir. La moral cristiana ya no es una referencia, sino un elemento de discriminación.

El filósofo Fernando Savater, en su escrito El mito nacionalista, afirma que “la tolerancia es la doctrina de moda en la que todas las opiniones son iguales. Cada una tiene su punto y todas deben ser respetadas o alabadas. Lo que quiere decir que no hay manera racional de discernir entre ellas”.

La distinción fundamental para la convivencia entre el bien y el mal ha sido destruida y con ella se está destruyendo la razón de ser de la conducta humana y de nuestra civilización. Los resultados están a la vista en la economía nacional y en miles de familias destruidas por intereses egoístas. Niños en la calle fumando crack, indígenas oliendo cola de zapatero, niñas violadas, traficantes y polibandis. Se está gestando el descalabro más grande jamás visto y las consecuencias sociales son impredecibles. Nunca se generó tantos niños huérfanos con padres vivos. Nunca hubo tantos pobres y miserables en la historia paraguaya.

El relativismo social

El amor libre ha sustituido al matrimonio. Candidatos presentan a sus “parejas” y no a sus esposas, y si las tienen, son la tercera o cuarta. Modelos con la mitad de la edad, ex esposas de hombres famosos y madres solteras son candidatas a “primeras damas”. No importa si te confiesas ateo, agnóstico, esotérico, filósofo o masón. Se perdió el miedo a la “excomunión” y la defensora de la “santa doctrina” de la iglesia actual está en el propio banquillo de acusados. Lo que sí es peligroso para la carrera política en el Paraguay contemporáneo es la confesión judeo-cristiana; y peor aún, si eres coherente con tu creencia.

La impresión generalizada es que hasta el último bastión de la ética, la Iglesia y la Universidad, están corrompidas. De la primera emergen mandatarios, senadores, ministros y altos jefes “en situación de retiro”, con serias contradicciones para la célula de una sociedad, la familia. De la segunda, emergen “hombres masa”, con títulos, pero con ninguna solvencia científica y técnica. Ambas instituciones carecen de ciencia y, ni qué decir, de sabiduría.

Las candidaturas mediáticas y eclesiales están sustituyendo a los políticos tradicionales; y lo peor es que no se presentan como moralmente más sanas. Los programas faranduleros sustituyeron al Pato Donald, Tom y Jerry y Animal Planet; vale todo en la oferta mediática, cuyas propiedad están en manos de socios del poder. Todos mienten: los curas, los pastores, los políticos y hasta los ministros de la Corte Suprema de Justicia.

La desaparición de la verdad lleva aparejada la desaparición de la virtud, de tal manera que el terrorismo es una opción de vida consecuente con el ideal socio económico que lo motiva. Cuando alguien se atreve a decir que la homosexualidad es una desviación de la conducta humana se le acusa, no sólo de intolerante, sino de homofóbico; es decir, enemigo de la propia humanidad y reo de asesinato de la libertad del hombre. El humanismo ha dado paso a la tiranía del individuo, lo más grave que ha podido ocurrir a toda nuestra civilización. Y este humanismo está dando ocasión a la destrucción de cuantas referencias y valores mantenían los pilares de nuestra sociedad, destruyendo con ello el elemento nuclear que la sostenía, la familia.