La crisis existencial del Mercosur

El Tratado de Asunción de 1991, que creó el Mercado Común del Sur, se apuntalaba en dos pilares fundamentales: la democracia y la solidaridad internacional. Se entendía, en su fase inicial, que para pertenecer al Mercosur, un Estado como socio pleno, tenía que adoptar como forma de gobierno la democracia constitucional, con la plena vigencia del principio de separación de poderes. El bloque se perfilaba, esencialmente, para negociar con las grandes comunidades regionales, como la Unión Europea.

Estos dos pilares “‘democracia y solidaridad internacional’”, que sirvieron de inspiración para la creación del Mercosur, se han debilitado ostensiblemente; primero porque la democracia de la zona ha sufrido serios extravíos, como forma de gobierno. Con certera visión explicaba Alexis de Tocqueville, que en los Estados Unidos de América, la democracia hizo las relaciones habituales de los norteamericanos más sencillas y fáciles. Pero, en cambio, en el sur del continente, una guerra sorda y la manipulación de las masas han ensombrecido la democracia y el Estado de Derecho. En los países de América Latina, en donde la igualdad de los ciudadanos no ha llegado todavía a su plenitud, los políticos y caudillos que detentaron el poder, en distintas épocas, han dado señales de una omnipotencia y superioridad incontestables sobre las masas, lo que hizo y hace que la democracia sea esencialmente formal y subsidiada.

En el Mercosur, los Estados más ricos no han actuado con los más pequeños, con auténtica y real solidaridad, sino con un terrible egoísmo, haciendo cada vez más profunda la diferencia entre los Estados ricos y los pobres. Desde 1991, el desarrollo económico y social del Brasil y de la Argentina, superó ampliamente a sus socios el Uruguay y el Paraguay. No hubo una efectiva cooperación ni solidaridad hacia los países en desarrollo y, particularmente a los más desfavorecidos. La tan anhelada inserción armoniosa y progresiva de los países en desarrollo con la economía mundial, que se creía iba a ocurrir a partir de 1991, jamás se cumplió.

Los enunciados sobre los propósitos del Tratado de Asunción son todavía una fantasía, pues ni siquiera se ha cumplido el objetivo fundamental de establecer la libre circulación de bienes, servicios y factores productivos entre los países. Y menos se ha logrado una política institucional entre el Mercosur y los Estados miembros, que haya contribuido al objetivo general de desarrollo y consolidación de la democracia y del Estado de Derecho, así como al objetivo de respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales.

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Me parece que el error más visible ha sido el intento de convertir al Mercosur, de simple unión aduanera, a una comunidad de países, con un rol eminentemente político; transformar un sistema de integración comercial relativa y primaria, en una institución altamente política, con el imperio de una sola ideología, es una de las causas de esta crisis existencial.

A pesar de todas estas vicisitudes, la decisión del Paraguay será volver al seno del Mercosur, aun cuando nos enfrente a una cuestión jurídica y política compleja; es el momento oportuno para negociar Acuerdos complementarios al Tratado de Asunción, que promuevan la eliminación de múltiples obstáculos, para alcanzar un mayor progreso económico y social equilibrado para el Paraguay. Es necesario que el Mercosur respete la identidad nacional de la primera República del Sur y, que colabore para lograr una constante mejora de las condiciones de vida y de trabajo del pueblo.

Esta es una condición previa, que debería perseguirse, sin ningún apresuramiento. Si nuestros poderosos vecinos no garantizan a nuestro país estos objetivos, el Mercosur seguirá siendo, simplemente, una comunidad de estilo y “saveur” monárquico, con cumbres presidenciales, de grandes ruidos cargados de oropeles, con ostentación de gran vanidad y pompa exterior, pero de ninguna utilidad ni beneficio para el sufrido pueblo paraguayo.

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