La dimensión oculta de los niños

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Además de la evidente dimensión biológica corporal, la dimensión psicológica y la social, los niños tienen también la dimensión espiritual. Nuestro sistema educativo prescinde de ella, nada hace para su reconocimiento y desarrollo. ¿Por qué?

Una vez más hay que repetir que cuando hablamos de la dimensión espiritual, no estamos hablando de religión. La dimensión espiritual se da se tenga o no se tenga una religión concreta.

Los planificadores de nuestro sistema educativo escolar suelen inspirarse en la experiencia y conocimientos pedagógicos de los grandes especialistas de la historia de la educación. Sin embargo, aunque hay especialistas de relevancia histórica que han planteado la necesidad de incluir en los procesos educativos el desarrollo de la dimensión espiritual, la verdad es que esta dimensión esencial y trascendental de nuestro ser ha sido marginada. Algún día los planificadores tendrán que explicarnos por qué han hecho así.

El tema de la espiritualidad de los niños viene siendo trabajado por educadores famosos desde la segunda mitad del siglo XX, por pioneros como Pestalozzi y María Montessori y antes que ellos por Rudolf Steiner. Al principio de los años noventa grupos de educadores, antropólogos, psicólogos, filósofos y teólogos empezaron a interesarse por la experiencia espiritual de los niños.

Desde 1996 se publica la revista “International Journal of children spirituality”, que recoge investigaciones, ensayos y ponencias de congresos sobre la educación de la espiritualidad de los niños.

Desde el año 2000 se están celebrando periódicamente congresos internacionales sobre la espiritualidad infantil.

Y en el año 2006 se fundó en los Estados Unidos la Asociación para la espiritualidad infantil (www.childrenspirituality.org).

La literatura profesional especializada en el tema es abundantísima. Aquí mismo tengo delante más de cuarenta referencias bibliográficas sobre la espiritualidad de los niños y cómo educar y ayudarles a desarrollar esa dimensión esencial. La mayor parte de esas referencias de autores y libros está en inglés y proviene de investigaciones del mundo anglosajón. (F. Torralba, 2012, 121-132 y 309-313).

Normalmente, la pedagogía infantil y la psicología evolutiva tienden a ver a los niños como una etapa de paso, porque “todavía no son” lo que queremos que sean y porque se trabaja para sacarles de su estado de dependencia y limitaciones. Y la verdad es que los niños son lo que son y su ser está lleno de bellezas y grandezas precisamente porque son niños y su vida está llena de sentido y plenitud en sí misma. Es una etapa absolutamente fundamental y fundante de su proyecto de ser, que debe ser realizada con la profundidad y calidad de valores que lleva consigo la verdadera infancia, lo que llamamos infancia espiritual.

Cuando Jesús de Nazareth dijo “si no os hacéis como niños no entraréis en el reino de Dios” (el reino definitivo del amor), y “el que no se haga como un niño no tiene parte conmigo”, dijo algo extraordinariamente profundo y realista. Los niños por ser niños, mientras son niños, encarnan valores extraordinarios sustanciales, que coinciden plenamente con los valores más profundos del evangelio.

La etapa de la infancia se justifica por sí misma. El mundo íntimo de los niños es impresionante y grandioso y su potencial espiritual es ilimitado. Usar la educación para manipularlos, ideologizarlos, prepararlos para el triunfo individual en vez de ayudarles a vivir el espíritu de cooperación, como viven en sus familias con sus hermanos, etc… es destruir su espiritualidad y su sentido de ternura, compasión y solidaridad. Destruir esos sentimientos nobles de apertura, de opción por el amor es escandalizarlos. Y ya dijo Jesús de Nazareth, “a quien escandalice a uno de estos pequeños, más vale que le aten una piedra de molino al cuello y lo arrojen al mar”. Dramática hipérbole que refleja la pasión de Cristo por el maravilloso mundo interior de los niños, “cuyos ángeles están siempre viendo el rostro de Dios”, otra metáfora de Cristo para expresar cómo Dios ama a los niños.

La educación espiritual de los niños debe entrenarlos en la experiencia de la trascendencia, sobre todo por el amor, y en encontrar el sentido último de la vida y su ser. La alegría, la felicidad de los niños se planifica con las vivencias de su espiritualidad.

jmontero@conexion.com.py