La humanidad en contra de Alá

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Ningún dios, ningún profeta, ningún Santo o Virgen valen lo que vale una vida humana, una existencia real. Los ilustrados pensaban que la era del oscurantismo había llegado a su fin, que la época en que se perseguía y mataba en nombre de las deidades había terminado y por fin iban a reinar la razón y la paz entre los hombres. Mucho hemos aprendido de la historia de nuestra civilización.

Sabemos que los dogmatismos no proponen debates ni están abiertos al diálogo, que carecen de empatía y que solo buscan sometimiento. Muchos formamos parte de la tradición que condenó el asesinato de Sócrates o la destrucción de la Biblioteca de Alejandría; que no tuvo miedo en poner el dedo en la llega y recordar, cuando haga falta a las Cruzadas, a la maldita Inquisición y al Índice de Libros Prohibidos. Todavía soñamos con un mundo más racional y equitativo, menos prejuicioso y más tranquilo, donde las religiones formen parte de un pasado al que nunca hay que volver.

Luego de la masacre de Charlie Hebdo está surgiendo la discusión acerca de la responsabilidad que tiene el islam en el atentado terrorista. La mayoría de los políticos, líderes religiosos e intelectuales condenaron el asesinato cruel, pero indicaron a la par que los periodistas y dibujantes franceses se extralimitaron al burlarse de Mahoma. Algunos hasta justificaron la matanza, como el caso del obispo paraguayo monseñor Claudio Giménez. El punto es que señalan que la religión de Alá es una religión de paz, que solo un grupo extremista es el que trata de pudrir la sociedad abierta europea y que no se debe meter a todos los musulmanes en la misma bolsa, ya que la mayoría son moderados. A todos ellos hay que decirles basta: la religión sí causó los atentados de París, de Nueva York en 2001 y de Londres en 2005.

La religión sí representa un grave problema, es la médula espinal del odio desenfrenado, de la negación de la materia, de la segregación, del miedo y de la violencia. El Corán no tiene mucha diferencia con la Biblia de los cristianos o Mi lucha, de Adolf Hitler. Es un libro perverso que carcome la poca humanidad que hay en la gente. Es un manual de instrucción del machismo, la discriminación, la sumisión y la perdición. El islam es una religión de guerra. Y eso no puede estar en tela de juicio. Pocas personas se animan a denunciar realmente al islam, porque tienen miedo de ser llamados islamófobos. Para estos, una etiqueta social es más importante que la libertad o la vida de los seres humanos.

El mundo civilizado exige el respeto a las personas, no a las ideas o creencias. Las mismas están para ser criticadas, para ser reemplazadas, eliminadas o mejoradas. El conocimiento funciona así. Decía el filósofo Bernardo de Chartres que “somos como enanos a los hombros de gigantes”. Esto quiere decir que lo que nos precedió, lo que acumuló la cultura nos sirve para ver más ampliamente la realidad. No podemos estancarnos con lo que tenemos, pero tampoco rechazar todo lo que vino antes. Por ello, la ciencia sigue siendo la mejor herramienta para entender lo que nos rodea. A través de la observación, la formulación de hipótesis, la experimentación, la conclusión, la refutación, replicación y la publicación el Universo se abre ante nuestros ojos.

Pero el dogmatismo religioso significa lo contrario. Es la aceptación de que no podemos entender el Cosmos, de que somos solo esclavos de un dictador celestial, de que permanentemente estamos siendo observados, de que esta vida no importa, ya que habrá otra, en otro plano que no conocemos. Y lo que es peor, cuando no estás de acuerdo con estas premisas te tratan de obligar a que aceptes y no emitas opinión al respecto, porque de lo contrario te tratan como intolerante, antirreligioso o islamófobo (la palabra de moda de los policías de la corrección política). Y, en el peor de los casos, te persiguen y te matan, como lo hicieron a los trabajadores de Charlie Hebdo.

Formamos parte de la tradición de los que defienden la libertad de expresión en su máxima expresión, de los que prefieren el debate a las armas, los argumentos filosóficos y científicos antes que los textos sagrados. Quizás nuestra tradición tenga pocos siglos y sea cultivada por una minoría, pero es la tradición que hoy sostiene a la civilización tecnocientífica que nos da la capacidad de erradicar el hambre en el mundo, de no permitir totalitarismos, de emancipar tanto al hombre como a la mujer de conquistar las fronteras de nuestro Sistema Solar. Y, como lo hicimos siempre, vamos a combatir a la religión con valentía, libertad y decencia, pero sobre todo humanidad, algo que los dogmáticos no conocen.

equintana@abc.com.py