La responsabilidad de la Iglesia Católica ante la democracia

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El principal carácter que no se debe perder de vista cuando se afronta el tema que intentaré desarrollar es que la Iglesia no es una realidad estática, y en segundo término que no se la debe confundir con los hombres que la representan o ejercen o ejercieron su ministerio.

En el Paraguay, como en muchos países del mundo, quienes alguna vez fuimos niños, sabemos de la impronta que la Iglesia graba en el alma de cada uno, y por supuesto recordamos muy vivamente cómo se cauterizó la religión, aunque hubiésemos cambiado mucho, y hasta abandonado su recuerdo y el ejercicio de su culto. Ignoro lo que ocurre con la influencia de otras religiones, si bien puedo imaginar cuánto debe parecer un recuerdo ajeno al propio.

La Constitución Nacional, fuente elevada de principios que caen como cascada y generan abundante espuma, contiene sólo dos artículos, el 24 y el 82, cuya pertinencia en relación al tema no es relevante, por lo que entro en materia. Me referiré a la responsabilidad de la Iglesia en relación a la democracia en el Paraguay o, más bien, en relación a algún aspecto particular, cuyo diseño parece dibujado con trazo oscuro y grueso que resalta su perfil en la superficie del lienzo. Me refiero a la opción preferencial por los pobres, cuya doctrina estuvo siempre ligada a la personalidad de Jesús, pero que al parecer hoy cayó presa de la piratería de las ideas ejercida por modernos fariseos, que la reducen a pequeños segmentos que tienden a perderse en los complejos recodos de la realidad que hoy llamamos social.

La historia de la humanidad registra muchos tiempos, muy diversos, en los que la mente humana fácilmente puede despeñarse con el resultado del cambio de las figuras de origen, para transformarse en siluetas caprichosas, algunas de las cuales resultan alimañas cargadas de ponzoña en comparación a aquellas. Esta danza de sombras, cuando son malignas, trastornan y hasta destrozan y matan los tejidos que invaden.

Es lo que ocurre con la opción preferencial por los pobres, una doctrina de la Iglesia Católica inspirada en un sentimiento de la humanidad, noble en origen, que recogió para el catolicismo la cosecha de la rebelión de las masas, un fenómeno que arrasó el mundo, inerme ante el hambre y la necesidad impostergable de alimentos y abrigos con que se pudiera mantenerlas para la vida y para la fe.

Pero no faltaron, en el Paraguay y en el mundo, ni faltan las alimañas que ambulan en los senderos de la tiniebla dominante y sucia, que concurrieron a convertir la doctrina en puro veneno, el más letal, que la desviaron de su fin e intención originarios para destruir los propios mandamientos que Dios había establecido para el buen gobierno de la humanidad penitente. Así fue como se enseñó a los pobres que su libertad debía realizarse mediante el alzamiento de sus turbas contra lo ajeno, y nació la Teología de la Liberación que asola el Paraguay y convierte sus leyes y principios en despojos bajo el amparo de grupos políticos organizados para cambiar leyes, tradiciones y prédicas maternas de largas raíces.

Es increíble como muchos ministros de la Iglesia Católica aplauden y admiran a sus descarriados a sabiendas de que roban lo ajeno y por sobre todo roban a la Madre Iglesia el tabernáculo de su gloria. Despierten ellos al sentido de responsabilidad que permitirá a sus fieles respetarles como genuinos intérpretes de una fe que puede desvanecerse en los meandros de la Historia.