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Las cumbres en América: ¿fracaso o progreso?

Este artículo tiene 13 años de antigüedad

Las Cumbres de Iberoamérica de jefes de Estado y de jefes de Gobierno tomaron impulso en 1991 en Guadalajara, México, a partir del quinto centenario del encuentro de dos mundos. España tomó la iniciativa de reunir anualmente a los Estados iberoamericanos y a las antiguas metrópolis: España y Portugal. Estos países constituían un grupo de pueblos de una misma raza, lengua, religión y cultura.

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Siguió después la primera Cumbre de las Américas de Miami, en 1994, realizada a propuesta de los Estados Unidos de América. La reunión de Miami adoptó una declaración de Principios y un Plan de Acción. Aprobó un total de 23 iniciativas, pero hoy está calificada que sus nobles propósitos terminaron con un gran fracaso. En sus comienzos, las Cumbres Iberoamericanas, despertaron en el mundo de habla en español y en portugués, una gran esperanza. Pero lamentablemente, sus sendas Declaraciones no constituyeron sino felices propuestas, cartas de intención, bien elaboradas, que no han podido llegar a ejecutarse. Y así siguieron otras cumbres, cuyos resultados no ha sido los prometidos.

Pero esto no es todo. Lo que se observa, es una multiplicidad de cumbres y de organizaciones, en el escenario de América; solo citamos algunas como el Grupo de Río que adquirió su integración definitiva en 1990 y antes el Grupo de Contadora para los conflictos centroamericanos. Están también las del Mercosur, el Grupo Andino, la Odeca en Centroamérica, la Unasur y últimamente Celac, reunida en Santiago de Chile. A estas hay que agregar las que se realizan bajo las organizaciones internacionales más antiguas como las Naciones Unidas y la OEA.

En una Universidad extranjera se realizó un debate sobre las Cumbres de jefes de Estado y de Gobierno, sus ventajas e inconvenientes; de si han sido necesarias o constituyen una fábrica de sucesivas rimbombantes Declaraciones que nunca se han implementado. Es un tema que desde hace tiempo se ha instalado en las discusiones de los ámbitos académicos, políticos y diplomáticos, y principalmente en el propio ciudadano común.

Una mayoría de los participantes sostuvo que estas cumbres, con unos escenarios pomposos, no son sino un lugar en las que al final de las mismas, para justificar sus cuantiosos gastos, se enuncia un enorme listado de fórmulas y definiciones geométricas, contenidas en largas Declaraciones. Por supuesto, estas Declaraciones, como documentos que elaboran las Cancillerías u otras oficinas gubernamentales, en la mayoría de los casos no son leídas por todos los jefes de Estado y los jefes de Gobierno. Son documentos de una ideografía extrema, difíciles de alcanzar, aun para las sociedades de un Estado perfecto. Lo cierto es que la mayoría de los asistentes lo olvida, apenas clausurados estos eventos.

Otro grupo, quizás una minoría, con un criterio más optimista –sostuvo que si bien ni los expertos burócratas pueden recordar la frondosa lista de Declaraciones– estas cumbres tienen importancia para que las altas autoridades políticas y diplomáticas se conozcan y dialoguen para promover, por medio de la acción colectiva o bilateral, el desarrollo económico, social y cultural de sus países. Que puede aprovecharse estas reuniones para realizar, entre “bastidores“’ una diplomacia muy sutil e ingeniosa, que sabiéndola conducir, puede dar resultados satisfactorios. En los Estados Unidos de América y en América Latina, los jefes de Estado son a la vez jefes de Gobierno. Mientras en la Unión Europea, ocurre lo contrario, sean monarquía parlamentaria o República: son los jefes de Gobierno los que se reúnen para tomar decisiones en el más alto nivel; los jefes de Estado tienen solo una función honorífica, moderadora, mientras los jefes de Gobierno dirigen la política interior y exterior, la administración civil y militar y la defensa del Estado. Como ejemplo, es el caso de España, una monarquía parlamentaria y, de Alemania como República Federal.

A pesar de todos los informes halagüeños de los grupos de altos funcionarios de estas cumbres, que pintan grandes avances de sus mandatos, los resultados son insignificantes; lo que se dice en los papeles no se refleja en la realidad. La realidad es otra, cada día es más alarmante la corrupción, el problema de drogas, el terrorismo, la falta de salud y educación y el clima de inseguridad. El crecimiento con equidad y el alivio a la pobreza es un mito. Se ha disminuido la calidad de la democracia y el Estado se ha debilitado ostensiblemente para solucionar los grandes problemas.

Y entonces, la gente se pregunta: ¿para qué sirven las cumbres?

Profesor titular de la UNA

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