Lo que nos dejó el Apolo 11

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El Apolo 11 nos demostró que el conocimiento humano no tiene fronteras, que la capacidad por encontrar nuevos desafíos y superarlos es constante y que el deseo de expansión trasciende, incluso, este planeta. La llegada del hombre a la Luna significó en términos tecnocientíficos un gran logro, un hito quizás relativamente opacado por un momento histórico peculiar como la Guerra Fría. Pero, más allá de ello, nos demostró de lo que somos capaces como especie. Es verdad que todavía en el siglo XXI la pseudociencia y las teorías de la conspiración continúan diciendo que nunca pisamos nuestro satélite, pero la evidencia es más contundente que la ignorancia sobre ella. Cualquier persona escéptica puede analizar los cientos de informes de la NASA y de decenas de universidades e institutos que estudiaron los fragmentos lunares. Toda persona interesada puede indagar sobre la tecnología de la época y percatarse de que sí podíamos, y de hecho lo hicimos, conquistar el espacio, de alguna u otra forma y con cualquier ideología política.

El panorama de hoy es distinto, y quizás más complicado para la ciencia, especialmente en los Estados Unidos. Los recortes presupuestarios de la administración de Barack Obama son históricos y hay un descenso en las investigaciones en las diversas ramas del conocimiento. Hoy son las empresas privadas las que apuestan por crear un mercado para la tecnología aeroespacial y apuntar en alto para futuras misiones complejas, que demandarán mayores estudios en el área. Más allá de eso, Washington todavía lidera el número de descubrimientos y hallazgos en materia de astronomía y astronáutica. Las innovaciones que presentan aún asombran y alimentan millones de sueños e ilusiones.

El problema actual ya no es una carrera espacial. No se trata de ganarle a un país o a otro, sino de buscar proyectos en conjunto que apunten tanto al avance de la ciencia como al desarrollo económico, social y cultural de una determinada sociedad. La globalización y la producción científica nos demuestran que la colaboración multilateral es más enriquecedora a la hora de realizar hallazgos importantes o innovar tecnológicamente algún sector de la industria, el comercio o el mundo entero. La Agencia Espacial Europea así lo entendió y por ello, y muy a pesar de la crisis económico-financiera, todavía apuesta por una gran cantidad de trabajos a nivel continental.

También hay gente que piensa que no se deben destinar altas sumas de dinero a la investigación en astronomía o astronáutica, son las mismas personas que utilizan todas las aplicaciones y productos de la investigación científica de décadas atrás, cuando todavía estábamos limitados en cuanto a confort.

Internet, pasando por los teléfonos celulares, los alimentos abundantes provenientes de la biotecnología revolucionaria, hasta llegar a los medicamentos y los conocimientos en historia.

Estamos a escasos 45 años de la llegada del primer humano a otro mundo. Un mundo que alguna vez fue desconocido incluso para nosotros. Todavía vivimos en un planeta con guerras internacionales, conflictos étnicos y religiosos, además de albergar pobreza, miseria y hambre. Es un planeta con millones de especies que solo buscan sobrevivir en un ecosistema cada vez más complicado y competitivo. Lo que conocemos del Universo es gigantesco en comparación a lo que sabían los sabios de la antigüedad o los científicos del siglo XX, pero es mínimo en relación a lo que desconocemos.

Nuestra ciencia sigue siendo la mejor herramienta para entender lo que nos rodea. Porque nos da evidencia y amplitud, nos despierta de los sueños dogmáticos y nos ayuda a plantearnos nuevas formas de saber y descubrir. Es limitada, claro, como cualquier actividad humana, pero sin ella estaríamos ciegos o a la deriva. Al acecho de los curanderos, chamanes y sacerdotes que esperan ansiosos el reino de la oscuridad. Vivimos en otro periodo, donde el Apolo 11 nos recuerda que podemos lograr grandes cosas.

equintana@abc.com.py