En los periodos de proselitismo político y de diseño de los planes de gobierno, las recetas académicas, los manuales de márquetin y los asesores de estrategias elaboran llamativos e interesantes proyectos que dibujan un panorama futuro pleno de realizaciones y promesas que se convertirán en realidad.
Pero, claro, hasta el más ignorante en política sabe que una cosa es el discurso proselitista y otra muy diferente la realidad cotidiana cuando ya pasó la fecha de los comicios.
No es ser pesimistas sino realistas pensar que el futuro gobierno de Cartes tendrá serios problemas a la hora de querer poner en funcionamiento una administración pública moderna, eficaz, trasparente y democrática, sin los antiguos vicios del prebendarismo político y la omnipresente corrupción en el manejo de la cosa pública.
Quienes inventaron a Cartes como político, lo introdujeron al partido por la ventana, lo eligieron como candidato y lo acompañaron en la campaña, son algunos de los antiguos dirigentes del coloradismo que han ocupado importantes funciones en gobiernos anteriores. Entonces, después del 15 de agosto, volverá al poder una maquinaria que ya sabemos de sobra cómo funciona porque la hemos padecido durante décadas.
La administración pública volverá a los carriles de siempre, independientemente de la voluntad del propio Cartes. Las personas que estarán al frente de los ministerios y de los diversos entes públicos ya ocuparon importantes cargos públicos en el pasado y, a pesar del tiempo transcurrido, el zorro pierde el pelo pero no las mañas.
El clientelismo político será el primero en hacerse presente. Los líderes partidarios exigirán sus cuotas de poder; los entes públicos, de por sí ya inflados por tantos empleados, volverán a contratar más personal, pero ahora con la camiseta de color rojo.
En las licitaciones para compra de bienes y en la adjudicación de las obras públicas, volverán a ser privilegiadas las conocidas empresas que siempre han trabajado con los gobiernos de la ANR, con la posible incorporación de algún nuevo miembro del entorno presidencial.
Para no ser tan negativos, admitamos la posibilidad de que se mantendrán las libertades cívicas y los derechos humanos básicos y que habrá un cierto mejoramiento de la situación socioeconómica del país. Esto para nosotros es el famoso ya da ya. Ome’êma ningo, así nomás luego es.
Ojalá algunas de las promesas básicas se cumplan aunque sea parcialmente. Por ejemplo, que se creen muchos empleos para dar trabajo a la gente, que se reduzca la amplia franja de pobreza, que disminuya la deserción escolar o que mejore la atención de la salud de los pobres en los hospitales públicos. No son metas muy difíciles de alcanzar.
Como pueblo tenemos derecho a exigir estas mejoras. Lo que no podemos es hacernos ilusiones con soluciones milagrosas que jamás ocurrirán.