Los chifladitos

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El diálogo es el mismo siempre. Pero no por eso dejamos de reír.

–Oye, Lucas.

–Dígame licenciado.

–Licenciado– ¡Gracias! ¡Muchas gracias!

–No hay de queso, nomás de papa.

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El momento entre Chaparrón Bonaparte y Lucas Tañeda es un clásico de cada capítulo de “Los chifladitos”, la sección que creó el genial Roberto Gómez Bolaños, bajo el disfraz de la locura de sus dos protagonistas principales, el propio Gómez Bolaños y su colega Rubén Aguirre.

El breve diálogo resume en Lucas, el deseo social de ostentar un título universitario como muestra de estatus, en un mundo laboralmente cada vez más competitivo.

Con un humor que contagió y contagiará a varias generaciones, Lucas Tañeda nos dejó el viernes 17. Ese mismo día en nuestro país, el Consejo Nacional de Educación Superior (Cones) clausuraba el Instituto Superior Latinoamericano en Ciencias de la Salud, por expedir títulos falsos y otras graves irregularidades académicas.

Un instituto que lucrando con ese deseo de acceder a un título para pelear un puesto de trabajo, vomitaba profesionales exprés, de los que únicamente certificaba su capacidad de pago.

Esta semana el Senado dio media sanción a la ley que deroga la creación de este instituto, pero el propio presidente del Cones, Hildegardo González, recordó en la 730 AM que este es solo uno de muchos casos que requieren de cirugía mayor en el sistema de educación superior.

Un sistema que se prostituyó ante la gran demanda académica entre fines de los 90 y la primera década de este siglo, periodo también aprovechado por caciques políticos que pretendían su propia universidad o instituto, como base electoral y como fuente de lucro y poder social.

Así surgieron las carreras de viernes y sábados, con cargas horarias que ni siquiera llegan a la mitad de la carga mínima. Institutos que amparados en la falta de entes reguladores y fuera del alcance del Ministerio de Educación o del Consejo de Universidades, habilitaron indiscriminadamente carreras y filiales en todo el país.

Por eso no es de extrañar que hoy aparezcan casos como el de Santa Librada, en el que era posible recibirse de enfermero en 48 horas, y donde las planillas de actas con calificaciones ya firmadas por profesores, solo esperaban los nombres de los alumnos que pagaran el dinero requerido. Y universidades de garaje, que se expandieron con especial intensidad entre el 2006 y el 2010, y que con una sola resolución de su rector o consejo, crearon 90 filiales en el país.

Casas alquiladas, con cocheras que se transformaron en aulas, dándole un merecido justificativo al mote de universidades de garaje.

Una especie de descentralización de la mediocridad, en medio de un pacto tácito entre mercaderes académicos y clientes que solo quieren acceder a un título de la manera más rápida posible.

La actuación del Cones está comenzando ahora por tratar de poner orden en el área de la salud, considerada como muy rentable para quienes lucran con la educación, y en la que además ya encontraron institutos que hasta ofrecen carreras como Administración o Ciencias Jurídicas, sin estar legalmente habilitados para ello.

“Seguramente algunos van a salir perjudicados, aquellos que ya tienen título y no tiene una consistencia ese título… llegaron a recibir sus títulos universitarios sin recibir su título de colegio, de la media”, dice el presidente del Cones, para explicar cómo debe corregirse este engaño que dejará mucho más de 8.000 estafados.

Una enorme ficción académica en la que si queremos ser serios habrá que asumir algún costo, al menos si pretendemos una educación de rigor y mayor calidad para nuestros hijos. “Los padres también somos de alguna manera cómplices de buscar el facilismo para nuestros hijos, para que en cuatro años se pongan un título de ingeniero o médico… por lo tanto hay también una connivencia de la sociedad”, acusa González.

Connivencia académica, sí, en varios sentidos agregamos, porque en un país serio plagiar una tesis o mandarla hacer a otro debería ser motivo de vergüenza e inmediata renuncia del autor del robo intelectual, y no un mérito para ser ministros y seguir arbitrando elecciones.

Al menos la de los chifladitos era una ficción inofensivamente divertida.

guille@abc.com.py