Es evidente que, en una u otra medida, a nivel mundial, todos los gobiernos del mundo la aplican y, a nivel local, también las distintas fuerzas políticas y los distintos sectores económicos la utilizan. No sería realista imaginar un mundo donde mayoritariamente las personas y los grupos sociales que lo integran no intenten dar prioridad a sus intereses.
Es precisamente a causa de esa tendencia de la naturaleza humana a anteponer lo conveniente a lo legal y lo favorable a lo justo, la que ha hecho que las sociedades humanas desarrollen una variedad de normativas, tanto éticas como jurídicas, cuyo objetivo es garantizar la convivencia y un razonable nivel de equidad en la administración de los conflictos de intereses.
Esto que parece muy abstracto es, sin embargo, evidente en la vida cotidiana: robar es la forma más “conveniente” de obtener dinero, incumplir los contratos es más fácil que cumplirlos, respetar los semáforos es incómodo, pagar las deudas requiere más esfuerzo que olvidarlas.
Pero si todos robáramos, incumpliéramos los contratos, atropelláramos los semáforos y dejáramos de pagar las deudas, el sistema de convivencia colapsaría y se instalaría el caos.
De manera similar a estos ejemplos de la vida cotidiana de las personas, en los vínculos entre las naciones hay ciertas normas que no se pueden incumplir por muy conveniente que parezca a los intereses coyunturales de algún gobierno…, pues los países, como las personas, necesitan normas mínimas de convivencia para que sus relaciones funcionen con normalidad y no se imponga la ley de la selva.
Toda esta reflexión es pertinente a la vista de lo que ha ocurrido en Mercosur, donde según los representantes del Gobierno uruguayo “la razón política se ha sobrepuesto a la razón jurídica” y, según se puede ver a la luz de más somero análisis, lo que verdaderamente se ha impuesto son los intereses comerciales y económicos de Brasil y Argentina. En ambos casos se trata de “realpolitik”, de anteponer lo conveniente a lo legal y lo favorable a lo legítimo.
Así pues, lo que ha ocurrido en el Mercosur es que esas normas –los tratados y reglamentos que en teoría deberían regir la convivencia de los países socios– se han incumplido en nombre de la “realpolitik” y en perjuicio del Paraguay. No es la primera vez que ocurre, pero nunca de forma tan absoluta, tan exagerada y escandalosa. Una cosa es inventar un arancel o parar una mercadería en la frontera y otra simplemente pasar por alto las normas básicas de relacionamiento, aplicando la regla de la prepotencia, la ley del manguruyú donde los peces grandes se comen a los peces chicos.
Dije unos párrafos atrás que no sería realista imaginar un mundo sin “realpolitik”, pero también es inimaginable un mundo regido exclusivamente por la “realpolitik”.
¿Dónde están los límites? Es una buena pregunta para la que los gobiernos de Brasil, Argentina y Uruguay tienen una respuesta asombrosa: “los límites no existen, todo vale con tal de imponer nuestra voluntad”. A esa actitud no se la llama “realpolitik”, sino imperialismo.