Los nacionalismos vs. la integración

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El nacionalismo radical ha entrado en ebullición en todo el mundo y ataca sistemáticamente los mecanismos de integración. Contra toda lógica y contra la tendencia histórica, encumbrados políticos, ya sea por ignorancia o por inconfesables intereses mezquinos, promueven el ultranacionalismo en todo el mundo, como si no supieran o como si no les importara el daño que causan a sus propias naciones.

Los nacionalismos prometen una falacia: más independencia y más prosperidad. En el centro de su argumentación está la idea de que son más ricos que la mayoría de su entorno y no quieren “arrastrar el peso muerto de las zonas pobres”; pero son esas zonas más pobres las que proveen materias primas, generan migración de mano de obra y constituyen el grueso del mercado en que se basa esa prosperidad. En realidad el aislamiento los hará menos prósperos y ahuyentará hacia otras regiones miles de puestos de trabajo. No es una profecía, ya está ocurriendo.

Gran Bretaña todavía ni comenzó la separación de la Unión Europea. Cataluña tiene muy difícil independizarse efectivamente de España. Sin embargo, ya cosecharon los primeros resultados de sus “cruzadas ultranacionalistas”: muchas de las grandes empresas están huyendo despavoridas y trasladando sus personerías jurídicas y sus sedes principales fuera de las zonas de conflicto.

No se trata de una decisión política, sino pragmática: Cataluña tienen poco más de siete millones y medio de habitantes, el resto de España poco menos de cuarenta millones y medio… ¿En qué mercado elegiría trabajar usted si dirigiera una empresa? Más aún, y esta es la causa de que Gran Bretaña tenga el mismo problema: salir de España es salir de la Unión Europea, es decir unos quinientos millones de habitantes.

¿Cómo competirán con sus productos sometidos a impuestos de importación con sus similares de la zona de libre comercio sin ninguna traba aduanera, que es la Unión Europea? Por ejemplo: ¿cómo compensará Escocia la pérdida del libre acceso de su whisky al mercado europeo que absorbe casi el veinticinco por ciento de su producción total? Las editoriales catalanas, que son las mayores de España, ¿se conformarán con los lectores catalanes?

Dicho así parece un razonamiento exclusivamente económico y comercial, pero sus consecuencias sociales son igualmente graves: ¿Cuántos puestos de trabajo están ahora mismo trasladándose, por ejemplo, de Inglaterra a Francia, Bélgica o Alemania; y de Cataluña, pongamos por caso, a Valencia, Andalucía o Madrid? Y este éxodo no ha hecho más que empezar.

Pero al menos Gran Bretaña es un Estado, constituido como tal, y con todas las herramientas de autogobierno; pero Cataluña no: carece de Banco Central, no tiene moneda propia porque, como parte de España, usa el Euro, su policía autonómica, sus sistemas de salud y de jubilación no son autosuficientes, sino que están insertadas en el sistema institucional del Estado Español.

“Habiendo tantos temas urgentes en nuestro país, ¿por qué te ocupas de algo que está ocurriendo tan lejos?”, me reprocharán sin duda algunos lectores. Por suerte o por desgracia, hoy en día nada ocurre muy lejos, por poner el ejemplo más obvio: ¿Cuántos paraguayos viven y trabajan hoy en Cataluña? Ocuparse solo de lo que ocurre en el estrecho marco de nuestras fronteras siempre ha sido provinciano; pero hoy en día, en la era de la conectividad, resulta además absurdo, puesto que va contracorriente de la historia.

Paraguay es un país pequeño y mediterráneo que puede prosperar (si sus propios políticos, también mayoritariamente nacionalistas, no lo impiden) en un mundo de integración; pero que irremediablemente se estancará y empobrecerá en un mundo donde los necios nacionalismos radicales construyan muros, cierren fronteras, multipliquen trabas y promuevan el aislamiento.

rolandoniella@gmail.com