Me gusta lavar los platos y cocinar

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La escuela, quiérase o no, también forma al individuo. Recuerdo que en primer grado había como 8 mesas con 5 o 6 sillitas cada una. La mitad para varones y la otra, para niñas. Quizás, inconscientemente, decidí sentarme con las chicas. Fui el único en hacer eso. Y así fue hasta que terminé ese año. En ningún momento, recuerdo, mis compañeritos me llamaban maricón o “nena” o yo me sentía “mujer” por compartir con ellas.

En casa me crié con una madre brillante y dos abuelos ejemplares. Si bien es cierto que me dediqué de lleno al estudio, también colaboraba con las tareas del hogar. Las palabras de mi abuela Daniela de que “el hombre debe saber hacer de todo, como la mujer” me sigue calando hondo. Aprendí a cocinar, a lavar platos, a preparar el desayuno, a regar las plantas y a llorar con las buenas novelas que leía. El domingo era el día de lectura.

Nunca me sentí mujer por eso. Es más, creo que todo eso me ayudó a tener buenas relaciones con mis exnovias, a comprender un universo casi “impenetrable” femenino. Pero no por ello dejé de ser hombre. Es verdad que no soy seguidor del fútbol y que ni siquiera sé todavía cómo se juega el béisbol, pero sé hacer mil otras cosas. No sé arreglar un auto ni reparar una heladera, pero puedo encargarme de otras tareas.

¿Por qué digo todo esto? Porque hay un momento en el que toda persona racional y escéptica, altamente defensora de la libertad, se indigna enormemente. Esto fue lo que me pasó al escuchar la sesión ordinaria de la Cámara de Senadores. Los congresistas Bóveda, Núñez, Wiens, Amarilla y otros son los representantes viles de una sociedad oscurantista.

Son el reflejo de una podredumbre social chabacana, hipersoez, mal educada, tétrica, perversa y dañina. Forman parte de un gran porcentaje de la sociedad que todavía es ignorante e intolerante. Son el retrato vivo de una tradición formada por el miedo, la postergación, el etnocentrismo, la religión cristiana y el nacionalismo superficial.

Se creen protectores de la familia, pero no protegen más que la ignominia institucionalizada. Son el residuo antropológico de una nación que creció con desprecio a la diferencia. ¿Cómo razonar con ellos? ¿Cómo mostrarle la evidencia científica de una globalización que ha ayudado a forjar un mundo más humano? Despotrican contra el intelecto, se burlan de la inteligencia y endiosan a la barbarie.

Es verdad que por lo menos deben tener conocimiento de filosofía política, pero hasta ningunean a la propia filosofía, la madre de todas las ciencias. Decirles que el republicanismo clásico o los principios de una democracia se cimentan en el respeto al pluralismo es una pérdida de tiempo, porque no lo comprenderán. Seguirán rebuznando, lamentablemente.

Entonces, debemos apelar a las personas que piensan, que tienen sentido de pertenencia por nuestra especie. Aquellos que no se conforman con un Paraguay desechable, sin caer en un patriotismo barato. Me refiero a los inconformistas. ¿Qué hacer? Es la pregunta que debe movernos a la reflexión crítica y paciente. ¿Buscar un nuevo sistema político? ¿Hacer realmente una revolución? ¿Salir todas las buenas personas de este país? ¿Esperar la décima plaga?

Urge repensarnos como sociedad. Necesitamos realmente sentarnos a debatir y emprender acciones, porque los machistas, misóginos, homofóbicos, oscurantistas, fundamentalistas cristianos y fascistas tienen poder. Y todavía “mandan”.

Mientras convocamos a una discusión, me voy a cocinar un rato. Para que este país sea libre, debemos defender la libertad.

equintana@abc.com.py