Hay varias clases de dirigentes campesinos: desde los históricos, meritorios y perseguidos líderes de las ligas agrarias en la era stronista, hasta los avivados y sinvergüenzas que se aprovechan de las necesidades y la ignorancia de muchos agricultores para obtener réditos personales como ventajas económicas, tráfico de influencias y manipulación con fines políticos. De todo habemos en la viña del Señor, y muchos gatos pasan por liebres.
Que miles de familias campesinas no tienen tierras, es una verdad incontrastable. El Gobierno debería proveerles de parcelas para cultivos de subsistencia. En efecto, el Indert y los entes que lo precedieron han entregado decenas de asentamientos con buena tierra a grupos campesinos. En su mayoría, a los pocos años, esas tierras estaban abandonadas o sus “derecheras” vendidas a los brasiguayos, y los labriegos beneficiados de vuelta a integrar grupos que reclaman ayuda al Estado.
Con la gran expansión de los cultivos de soja sucede un fenómeno parecido. Varias organizaciones campesinas, así como conocidos sociólogos, critican con severidad el crecimiento de “la patria sojera” a expensas de la expulsión y pauperización de los pequeños agricultores que pasan a convertirse en desempleados urbanos.
El problema tiene sus raíces en la propia decisión de las familias campesinas de vender sus tierras a los brasiguayos. Nadie les puso un arma contra sus cabezas para obligarles a ceder sus propiedades. Lo hicieron porque eran pobres, porque necesitaban plata, porque sus cultivos no les generaban buena renta, etc.
Miles de familias que se quedaron sin nada, ahora son beneficiadas con el programa Tekoporã, que les otorga una módica suma mensual y así pasan a ser mendigos del Gobierno. El dirigente Flecha dice que esto no está bien, que lo justo es tener un trabajo digno. Claro, solo que los mendigos de hoy son los miniagricultores de ayer. Si ahora les dan tierras, ¿quién puede garantizar que no las volverán a vender?
El asistencialismo estatal contiene en sí mismo un principio perverso: cuanto más ayuda el Gobierno a las personas sin recursos, mayor será la cantidad de mendigos del erario fiscal. La gente que sobrevive en la miseria debe ser asistida por el Estado; pero cómo, es la cuestión. El remedio no debería consistir en mantener en la insolvencia y dependiendo de la caridad pública a los beneficiados.
Trabajadores, desempleados, vividores y mendigos. Una sociedad compleja, con una población muy diversa. Muchas teorías y grandes verdades aquí son palabras lanzadas al viento. Flecha tiene razón, mais fica preso.
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