Como en otros pasajes de la Biblia, este hecho nos enseña que la fe mueve montañas. Jesús levantaba a los paralíticos, devolvía la vista a los ciegos, liberaba a los endemoniados, incluso resucitó a Lázaro. Hizo muchos milagros y aún hoy continúa haciendo milagros en nuestras vidas. Solo hace falta tener fe. Mucha fe.
Ahora que llega el papa Francisco, más que nunca necesitamos tocar el manto de Jesús. La sociedad está enferma por culpa de los antivalores que han destruido las capas más vulnerables, como la familia, la juventud, los niños y ancianos. Claro que hay grupos que se salvan, precisamente por practicar los valores morales y cristianos. Hay jóvenes que están trabajando y estudiando con mucho esfuerzo. Y muchas personas que intentan seguir las huellas de Cristo. Con fe, esperanza y caridad.
De todas maneras, según dijo el nuncio apostólico, días pasados en Caacupé, el Papa conoce la realidad de todos los países que va a visitar. Sabe entonces de nuestras problemáticas sociales, como la pobreza, la corrupción, los niños de la calle, los damnificados, los indígenas abandonados y las personas de la tercera edad que están olvidadas. Sabe de la gran iniquidad social existente, donde un 15% de la población acapara toda la riqueza, mientras un 33% no puede salir de la extrema pobreza. Su Santidad, como es argentino, estará enterado de que siempre hemos ocupado uno de los primeros lugares en corrupción en el ranking mundial. Hasta hoy siguen ventilándose casos de robos en las instituciones públicas, sin poder erradicar ese flagelo que empobrece a la nación. El Sumo Pontífice sabrá igualmente que precisamente, como consecuencia de la corrupción, no hay una buena cobertura en salud, educación y seguridad.
Nuestro país, por culpa de sus gobernantes que no pueden dejar de lado antiguas prácticas como el clientelismo político, las rencillas domésticas y el caudillismo, sigue en el atraso. Se pierde tiempo valioso en politiquerías baratas como el asunto de las internas de los colorados, mientras se descuidan los temas que interesan a todos los paraguayos. Como si nuestro país perteneciera solamente a los colorados. El Nuevo Rumbo, a dos años, ya perdió la brújula y, como el cangrejo, va hacia atrás.
El Papa es una figura muy influyente. Es un guía espiritual y un gran líder que aglutina muchedumbres. Es abierto y muchas de sus expresiones son revolucionarias. Viene a traernos su mensaje de paz y amor y también es una autoridad moral que puede cambiar corazones. Su visita, sin dudas, como lo hizo Juan Pablo II en 1988, dejará huellas importantes y producirá cambios relevantes.
Ojalá su presencia obre milagros. Ojalá podamos tocar el manto de Jesús, para sanarnos de tantas enfermedades. Necesitamos una fuerza extraordinaria para ser nuevas personas. Obviamente que para que esto suceda, tenemos que poner la voluntad necesaria. Tomar el compromiso como ciudadanos de hacer líos cuando hay injusticias. Salir de la comodidad y el silencio. Tener misericordia por el prójimo, dejando de lado el egoísmo, la codicia, la envidia y la soberbia. Es momento de terminar con tanta hipocresía y darnos cuenta de que, como cristianos, solo pueden salvarnos la cruz y la luz de Cristo. No en vano su representante aquí en la tierra ha elegido llegar a esta geografía en estos días. Reflexionemos sobre el gran acontecimiento y vivamos con espiritualidad esta visita.