El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner parece definitivamente decidido a aislar a su país del mundo, convertirlo en un paria desprestigiado y a hundir su economía, haciendo saltar en pedazos su comercio internacional.
La privatización de YPF lo enfrentó con España, que es con diferencia el país con más volumen de inversión en Argentina. Por otra parte, el proteccionismo está a punto de quebrar su comercio con Brasil, que es el principal comprador de sus exportaciones. En contrapartida, para Brasil, Argentina es un comprador importante pero no esencial. Si el conflicto se dilata, el aparato productivo brasileño no padecerá consecuencias graves, en cambio el argentino sí que se resentirá gravemente, con grandes pérdidas de dinero y de puestos de trabajo.
Pero el problema es más amplio que un análisis de costos y beneficios. No se trata ya solamente de que las privatizaciones y las medidas proteccionistas sean ineficaces, obsoletas y poco convenientes inclusive para los propios países que las aplican y, para colmo, casi imposibles de sostener en esta época, a contracorriente de la tendencia histórica de la globalización.
Más allá de esas cuestiones prácticas Argentina simplemente se está convirtiendo en uno de los países menos fiables del mundo. No es solamente porque la privatización y las medidas comerciales en sí, sino por la forma tramposa de llevarlas adelante y por la falta de seriedad que muestran como nación, algo que sus vecinos tenemos claro hace rato, pero que ahora están mostrando abiertamente al mundo.
No es para menos porque ¿en qué clase de país puede ocurrir que sea el mismo partido político –el peronista– el que impulsa un proceso de privatización y, pocos años después, con casi los mismos actores políticos en activo, comienza un proceso de nacionalización, o forma un bloque económico como Mercosur para incumplir después prácticamente todas y cada una de sus normas cada vez que le parece conveniente? ¿En que Estado moderno el sindicalismo es poco menos que una oficina del gobierno?
Las medidas adoptadas por la administración de Cristina Kirchner han sido justificadas como acciones nacionalistas. Ese razonamiento, aunque falaz, parece haber tenido éxito internamente en la opinión pública argentina o quizás –para no ser tan desconfiados de la inteligencia de los argentinos– no son muchos los que se animan a ser tildados de antipatriotas por no creérselo.
Tengo entendido que la brecha entre la cotización oficial del dólar y su precio real en la calle se está abriendo cada vez más rápidamente, lo que me hace pensar que, digan lo que digan públicamente, los argentinos saben que están haciendo disparates y que en algún momento van a tener que pagar la factura.
Un nacionalista convencido que privatiza una empresa petrolera, equivocado o no, privatiza la empresa al completo y no apenas el 51 % de las acciones, obligando a su víctima a seguir siendo su socio y condenando a los pequeños accionistas a quedar clavados con esas acciones que pierden su valor, un valor que el propio gobierno argentino ha depreciado al “pagar” –o mejor dicho al decir que va a pagar, ya veremos si cumple– por la parte privatizada un monto artificialmente bajo.
Es muy distinto comportarse como el gobierno de un Estado serio que aplica una política, por equivocada que sea, y otra muy distinta sacar ventaja como un estafador callejero. Una cosa es ser un nacionalista y otra completamente diferente es ser un tramposo, un chanta.