Réquiem para Samber

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No enajenamos bienes estatales porque somos ideológicamente antiprivatistas; lo que verdaderamente nos complace es regalarlos. Todos los días pasan a manos privadas terrenos municipales o fiscales, calles, veredas, ochavas, plazas, playas, parques, caminos, rutas y banquinas. Así también el subsuelo y la atmósfera, la luz y el paisaje, las ondas electromagnéticas y hasta el espíritu de los antepasados, si algo valiera. Lo hacemos aplicando rigurosamente el silogismo cardinal del antiprivatismo dialéctico: lo que es del Estado es de todos, y lo que es de todos es de nadie; por lo tanto, puede ser mío o tuyo.