Se abre un gran signo de interrogación

Apelando a la figura de Simón Rodríguez, mentor de Simón Bolívar, un destacado analista bolivariano de un conocido diario argentino dijo, entre otras cosas, que “lo que pasó en Brasil obliga a repensar en los errores cometidos a fin de realizar una profunda autocrítica para no volver a recaer en los mismos desaciertos”.

Parafraseando al citado analista, el error más grave que pudo cometer Dilma Rousseff fue la desmovilización del PT y la desarticulación del movimiento popular, fenómeno que ya había comenzado en la época de Lula. El segundo error, según el análisis mencionado, fue creer que se podía cambiar Brasil solo desde los despachos oficiales sin el respaldo activo, consciente y organizado del campo popular. Y el tercer error consistió en la ausencia de críticas y debates al interior del PT, apañando en cambio un “consignismo facilista” que obstruía la visión de los desaciertos e impedía corregirlos antes de que el daño fuera irreparable.

El analista mencionado culmina con una cita de Maquiavelo, quien decía que uno de los peores enemigos de la estabilidad de los gobernantes era el nefasto rol de sus consejeros y asesores, siempre dispuestos a adular sin alertar de los peligros que acechan a lo largo del camino.

En otras palabras, tal vez más acerbas y punzantes, habría que consignar que el PT se había convertido en un engendro de burdos enjuagues crematísticos, orquestados por prebendarios y aventureros apoltronados en el poder, voraces e insaciables, ávidos de riquezas mal habidas, cautivos y prisioneros del lucro y la avaricia, incapaces ya de concebir un proyecto de país, libre de la abyección de la corrupción.

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Efectivamente, lo de Petrobras ha sido un virus mortal para la partidocracia brasileña: no ha dejado títere con cabeza dentro del conglomerado político de la coalición que sustentaba a Dilma Rousseff. Tanto es así que todos están sospechados del flagelo del peculado que se ha vuelto sistémico y estructural, infectando a todo el cuerpo social, con honrosas excepciones, y que ha estado caracterizado por la desorganización administrativa, por las rígidas regulaciones estatales, por las concentraciones monopólicas, por la exigua conciencia colectiva acerca del bien común, por la impunidad y por la falta de una justicia pronta que estuvo ausente al comienzo y que al final llegó bastante tarde en el caso específico del “mensalão” y de Petrobras. Pero lo que más habría que resaltar es la pérdida de los principios éticos y morales de los que detentaban el poder y la falta absoluta de transparencia en los controles burocráticos y la administración de los fondos públicos.

No es pues de extrañar que los grandes partidos políticos, que en su momento formaron una gran coalición, ya no representan hoy a la conciencia social del pueblo brasileño, asfixiado y abroquelado por los cepos opresivos de las logias políticas y de las dinastías privilegiadas que han gobernado por turno al país.

Con razón el pueblo brasileño detesta a la clase política, pletórica de clientelismo voraz y expoliador, superlativamente prevaricador, que ha saqueado inescrupulosamente al Estado por miles de millones de dólares, amparada en privilegios e inmunidades que hoy están siendo desactivados con cierta y evidente discriminación. El 70% de la población del Brasil desea que se vayan todos y que se convoque a corto plazo a elecciones anticipadas, caiga quien caiga.

La crisis del Brasil es severa y casi terminal. No solo abarca a la dimensión económica y financiera sino que se proyecta a la esfera de la ética y de la moral. Por todo lo expuesto se abre un gran signo de interrogación para el futuro político y económico del Brasil.

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