El Paraguay tiene una rica herencia cultural y una memoria histórica formidable. De los difíciles tiempos de la fusión de la cultura invasora española con la cosmovisión de los pueblos originarios, la nación conoció épocas de prosperidad y dos terribles guerras que obligaron a los paraguayos a renacer de sus cenizas.
Con el aporte de varias corrientes migratorias, Paraguay logró consolidar su soberanía y su autosostenimiento económico, aunque las contiendas civiles fratricidas y las dictaduras pusieron serios límites a la conquista de los derechos humanos fundamentales.
La sociedad actual mantiene situaciones de injusticia social que favorecen a algunos sectores y excluyen a muchos habitantes sumidos en la pobreza. En un proceso de humanización, la participación de las personas debe evitar el elitismo y erradicar la pobreza.
Ya en la época del profeta Amós era muy fuerte la admonición de Dios: “Venden al justo por dinero, al pobre por un par de sandalias. Oprimen contra el polvo la cabeza de los míseros y tuercen el camino de los indigentes” (Am 2,6-7). Los gritos que piden justicia continúan todavía hoy.
El sentido ético de una convivencia en justicia aparece hoy como un desafío histórico sin precedentes. En la situación actual se impone la vinculación moral con una responsabilidad social y profundamente solidaria por parte de la clase dirigente del país.
Hay algo fundamental para afrontar el presente: el diálogo constructivo. No olvidemos que entre la indiferencia egoísta y la protesta violenta, siempre hay una opción posible: el diálogo.
Ante la persistencia de los conflictos sociales, la única manera de que la vida de los pueblos avance es la cultura del encuentro, una cultura en la que todo el mundo tiene algo bueno que aportar, y todos pueden recibir algo bueno a cambio. Hoy, o se apuesta por la cultura del encuentro o todos pierden.
La hermandad entre los hombres y la colaboración para construir una sociedad más justa no son una utopía, sino el resultado de un esfuerzo concertado de todos por el bien común.
Deberíamos reforzar el compromiso por el bien común, que requiere por parte de todos sabiduría, prudencia y generosidad. Un futuro distinto es posible: depende del esfuerzo compartido de todos, pero en mayor medida de las autoridades políticas y de los líderes sociales que deben asumir su responsabilidad social humanitaria. No olvidemos que Nuestro Señor Jesucristo y nuestra amada madre, la Virgen de los Milagros de Caacupé, nos acompañan en este peregrinar hacia el reino de Dios.
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