Se recuerda este año el 25 aniversario de dicho galardón por lo que el Congreso decidió realizar un acto de homenaje a Augusto Roa Bastos, un hombre que con su talento, su rectitud, su honestidad, su humildad nos representó a muchos ciudadanos que todavía seguimos penando en el desierto en busca de alguien que, con los mismos atributos, nos represente con dignidad; alguien con quien podamos sentirnos identificados; alguien del que podamos sentirnos orgullosos; alguien cuya conducta pueda servirnos de ejemplo y a quien queramos imitar.
El Congreso donde hizo entrega del premio sigue siendo el mismo; las personas son diferentes. Pienso que si Roa Bastos pudiera ver hoy en manos de quiénes dejó la dignidad más grande que haya conquistado jamás un intelectual paraguayo, se sentiría moralmente devastado. Si las legiones romanas podían llevar con orgullo aquellas cuatro letras pues se sentían y además eran los representantes incuestionables de las autoridades y los ciudadanos de la ciudad imperial, no me imagino qué siglas o qué frase podrían llevar en sus estandartes los congresistas que creen ser, porque lo dice la Constitución, nuestros representantes.
Aquel hombre bajito, de nariz pronunciada, de hablar quedo, de palabras amables, nunca agresivas que fue Roa Bastos, ante el espectáculo que nos ofrecen diputados y senadores desde las salas del Congreso, estoy seguro que hubiera elegido otros caminos para darnos a entender que el honor que había conquistado con su talento, lo estaba compartiendo con todos nosotros.
Creo que nunca se ha dicho que poco tiempo después de su fallecimiento, cuando un grupo de personas creyó conveniente colgar el cuadro firmado por el poeta español Rafael Alberti en el local de la fundación Roa Bastos y que acompañaba al premio, fue a buscarlo al Congreso, la obra había desaparecido. Después de una rápida investigación, se recuperó la pintura de la casa particular de uno de los legisladores quien, ni corto ni perezoso ya lo había colgado en la sala de su casa, entre el último calendario de Mónica Bellucci y el póster del Club Olimpia en celebración del campeonato de la Liga que había conquistado aquel año.
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Los más conformistas dirán: “Bueno, pero por lo menos se recuperó el cuadro”. Sí, se recuperó la pintura, lo que no se pudo recuperar hasta ahora ha sido la dignidad, en medio de un ambiente de chatura intelectual del que tratamos de salir indemnes, con diputados que nos mienten sobre sus atributos académicos y terminan disculpándose diciendo que no han cometido ningún delito, como si la mentira, en boca de un legislador, no fuera una de las faltas más graves que pueda cometer. Al mismo tiempo sus compañeros logran que todo su servicio doméstico sea pagado con dinero del Congreso con el agravante que es una la suma que sale de las arcas públicas y nada más que una pequeña proporción es la que llega a los trabajadores.
No solo están destruyendo las instituciones de este país; no solo están aniquilando las instituciones en las que deberían asentarse nuestras libertades y nuestra democracia; no solo están profanando lo que tendría que ser el reducto ejemplar de la honradez y la decencia, sino, lo que es peor, están destruyendo nuestras esperanzas. A través de esa burla inmisericorde del trabajo intelectual, en ese gesto de desprecio hacia lo mejor que tiene el ser humano: la capacidad de crear, nos sentimos empujados hacia la oscuridad, hacia esa zona en la que no está permitido ni pensar, ni crear, ni elevarnos sobre las mil miserias cotidianas con las que debemos enfrentarnos. Si algo de sagrado nos quedaba era esa posibilidad de sentirnos identificados con quien llegó a niveles que querríamos llegar todos. Lastimosamente, aquel gesto de entrega terminó sumido en el fango, no por culpa de quien lo hizo, sino de aquellos que no estuvieron preparados nunca para recibirlo.
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