Su formulación es estándar: frente a una situación dada, se propone que, en vez de enfrentarse, las partes comparezcan a debatir sus pretensiones, opiniones, etc., y resolver así las diferencias, “pacífica y civilizadamente”, según reza la fórmula habitual. La virtud de exhortos como estos es que siempre lucen muy bonitos e inobjetables. Nadie se atreverá a contradecirlos expresamente. Su vicio mayor es que, casi siempre, no pasan de ser triquiñuelas.
Por de pronto, es mucho más larga la lista de casos donde no cabe diálogo alguno que los que sí. En los países islámicos no se dialoga con “infieles”. En las tiranías socialistas no se dialoga con disidentes. En ninguna estructura jerárquica hay deliberación. Bajo ningún régimen de fuerza o jerárquico cabe el coloquio. A las personas que ya tienen asumida una posición indeclinable, invitarle a dialogar sería de una ingenuidad imperdonable. Aconsejarle conversar con su verdugo a quien tiene la soga al cuello, es una burla cruel.
La propuesta de diálogo funciona bien con el chantaje, formando, ambos, un par de muñecas rusas. La muñeca grande, la que golpea o amenaza, de pronto se abre para que la chica salga agitando un pañuelo blanco y diciendo “nosotras jamás nos negamos al diálogo”. El poderoso ejerce sus actos agresivos e inmediatamente formula un llamado de concordia a sus víctimas; si estas se muestran renuentes, entonces “queda claro” que son ellas quienes optan por el enfrentamiento. Chávez y Maduro deben tener un excelente manual de aplicaciones prácticas de esta táctica.
El dialoguismo también es un formidable edulcorante emocional para las masas. Por eso figura en todas las recetas propagandísticas vertidas en discursos políticos y religiosos. La táctica de golpear primero y luego convocar al entendimiento está tan extendida en el mundo, que no se concibe ya acción política que prescinda de emplearla. Están, además, quienes no desean comprometerse y, para no parecer pusilánimes o prescindentes, invocan el famoso llamado al diálogo como una salida de emergencia que les permite alejarse de los focos de incendio sin parecerlo.
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Íntimamente vinculado al dialoguismo aparece el término negociación. Que no significan la misma cosa. Se dialoga para asumir decisiones, se negocia para administrar decisiones ya tomadas. Por ofrecer un caso: en la conferencia de Yalta no hubo diálogo sino negociación. Un ejemplo actualísimo de cómo se mezclan, confunden y revuelven estos dos términos, se da en la crisis española por Cataluña, donde los independentistas hablan de dialogar y de negociar como si fuesen sinónimos, a sabiendas de que diálogo con Madrid no pudo ni podrá haber desde que el gobierno catalán presentó como hecho irreversible su decisión de ser independiente. En cuanto a negociar..., ¿sobre qué? El respeto por la Constitución y las leyes no es negociable; se cumple o no se cumple y sanseacabó.
¿No vale el diálogo, entonces? Bien. Proponerlo suele ser un planteamiento razonable, aunque solamente a condición de que las partes a las que se exhorta se hallen en el mismo nivel de derechos y obligaciones, capacidad intelectual, seguridad económica, altura moral y, más que todo eso, coincidan al menos en un punto común sobre el cual comenzar. No se convocará a los esclavos a un diálogo con sus amos; ni a cautivos con sus carceleros; ni a muertos de hambre con patrones opulentos; ni a perseguidos con sus represores; ni a demócratas con autoritarios, en particular si estos están en el poder.
Claro que sí. Dialóguese todo lo que se quiera, pero sólo después de aplicarse la ley, tantas veces violada por dialogados consensos.
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