Tangentópolis

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Hace casi veinte años, la corrupción se llevó por delante al régimen político italiano. Una enérgica intervención judicial denominada “Manos limpias” (en italiano, “Mani pulite”) encarceló a políticos, empresarios, sindicalistas, mafiosos, deportistas, periodistas y diplomáticos. Hombres, mujeres y hasta familias enteras de la élite dominante. Los partidos tradicionales, incluidos el Partido Socialista, la Democracia Cristiana y el Partido Comunista, se desplomaron. Nada quedó a salvo en la dirigencia política. Se registraron suicidios, atentados, asesinatos, condenas y quiebras. Fue una catarsis devastadora bautizada como “Tangentópolis”, la ciudad de los sobornos (en italiano, “tangente” significa soborno). Resumo el caso. Las circunstancias lo ameritan.

Todo comenzó el 17 de febrero de 1992. Ese día, el fiscal de Milán, Antonio Di Pietro, obtuvo una orden para la detención de Mario Chiesa, miembro del Partido Socialista y director de un orfanato. Chiesa fue detenido en su despacho en el momento en que recibía un soborno de 7 millones de liras (equivalentes a 5.000 dólares de la época). El dinero provenía de las manos del empresario Luca Magni quien, en acuerdo con Di Pietro, había acudido a entregar la mitad del monto que pretendía el dirigente socialista por haber obtenido para Magni una concesión por servicios de limpieza estimada en 140 millones de liras. Los billetes estaban marcados y la conversación entre Chiesa y Magni fue íntegramente grabada. De ese modo, comenzaba a descubrirse Tangentópolis, una espantosa ciudad oculta bajo la espléndida Milán.

Utilizado como chivo expiatorio por el entonces primer ministro italiano, Bettino Craxi, Chiesa se convirtió en una de las tantas piezas del complejo sistema de corrupción que dominaba desde hacía años la política y la economía italianas. Craxi afirmó que el Partido Socialista no tenía vinculación alguna con prácticas corruptas y llamó a Chiesa “pequeño maleante”. Chiesa, que se sintió traicionado, ofreció durante su interrogatorio detalles de todo el entramado de corrupción. Inmediatamente, quedaron involucrados numerosos empresarios y políticos. El escándalo salió de Milán para extenderse a otras ciudades de Italia. Varios de esos políticos, que pertenecían a diferentes partidos, confirmaron luego la versión de Chiesa. El relato superaba lo imaginable.

Di Pietro investigó las más altas esferas de la política italiana, llevando al banquillo de los acusados a los líderes del Partido Socialista y de la Democracia Cristiana, Bettino Craxi y Arnaldo Forlani, respectivamente. Pero antes de procesar a Craxi, el escándalo ya se había cobrado una víctima. Sergio Moroni, diputado socialista, se suicidó dejando un documento en el que admitía su culpabilidad por la comisión de delitos de corrupción. Durante los dos años siguientes, entre 1992 y 1994, se contabilizó casi una treintena de suicidios relacionados con el escándalo. Además, dos jueces fueron asesinados en mayo y julio de 1992, Giovanni Falcone y Paolo Borsellino. Hasta finales de 1992 y principios de 1993 se ejecutaron numerosas tentativas para detener la investigación. En las postrimerías de 1993, el país se hallaba virtualmente paralizado por la intensa y efectiva labor desarrollada por el Poder Judicial. Según datos extraoficiales, el número de indiciados fue de alrededor de 25.000. En la causa declararon, aproximadamente, 4.000 empresarios y políticos de diversos partidos. “Tangentópolis” produjo, en definitiva, 1.233 condenas por delitos de corrupción.

Estimaciones no oficiales, difundidas a inicios de 1993, revelaron que el flujo de dinero que se había movilizado en “Tangentópolis” podría haber oscilado entre 6.000 y 10.000 millones de dólares anuales. Gran parte de ese dinero terminó en las arcas de los partidos políticos y otra, no menos importante, en los bolsillos de políticos y funcionarios públicos. Mientras la corrupción vivía su época de mayor esplendor, el déficit público italiano llegaba a límites incontrolables. Según afirmó muy diplomáticamente Antonio Fazio, entonces gobernador del Banco Central de Italia, el monto desorbitante de la deuda pública se vinculaba con la corrupción: “El efecto más grave de esta distorsión se encuentra en la inapropiada elección de las empresas proveedoras, en las soluciones adoptadas y, de manera muy particular, en la falta de controles para la realización de las obras, así como en la baja productividad de algunas estructuras públicas”.

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En 29 de abril de 1993, el Parlamento otorgó inmunidad a Bettino Craxi. El propio Craxi relató las consecuencias de este hecho del siguiente modo: “La tarde del día siguiente, cinco mil personas reunidas en Plaza Navona muestran la primera página del diario “La Repubblica”. Al término de la manifestación, que se desarrolló a pocos metros del Hotel Raphael, donde vivo normalmente en Roma, se invita a los participantes a continuar la protesta. Rodean el Hotel Raphael. La gente grita: ‘A la cárcel’, ‘Estás acabado’. En la entrada principal del hotel escucho un gran ruido y poco más tarde un mar de insultos. La gente trata de agredirme. Sobre mi persona y las de mis colaboradores, que me acompañan al coche, llueven piedras, monedas y objetos de las más diversas especies”. Las cuentas de Craxi con la justicia quedaron pendientes. Falleció refugiado en Túnez en el año 2000.

Desde luego, Antonio Di Pietro fue la cara visible de la operación “Manos limpias” y el gran protagonista del caso “Tangentópolis”, un proceso transmitido diariamente en forma directa por la televisión italiana. Algunos de los aspectos mundanos de lo sucedido en la sala de sesiones del tribunal de Milán fueron recogidos en una crónica periodística de esos días: “Desde las 08:00 de la mañana, cientos de personas se amontonan frente a la segunda sección del tribunal penal de Milán. Esperan las 9:30 para entrar y conseguir un puesto en primera fila. De pie, hasta las 19:00 horas, siguen atentamente los pormenores de la audiencia. Son espectadores de las más variadas edades y clases sociales: serios, enojados y en ocasiones con deseos de ejecuciones sumarias”.

En 1994, al concluir la última audiencia del proceso, Antonio Di Pietro renunció a la fiscalía. Algunos afirman que, como Catón, Di Pietro luchó no tanto por conseguir su propia libertad como por vivir entre hombres libres.

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