¿Un mundo libre?

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El sistema internacional a veces resulta curioso y sigue sorprendiéndonos. En las últimas décadas, cientos de gobiernos y organizaciones no gubernamentales abogaron por los derechos humanos, estipulados luego de la Segunda Guerra Mundial. Hasta ahora existen decenas de campañas mundiales a favor de dichos derechos, muchos de ellos prohibidos, negados o violados por los Estados que en teoría deberían garantizarlos.

En Arabia Saudí las mujeres no tienen derecho al voto y no pueden pasear por las calles sin la compañía de un familiar varón, en Uzbekistán hace unos años, dos hombres fueron asesinados en una olla con agua caliente, mientras que en Irán el Gobierno ahorca a quienes trafican con drogas o son homosexuales. Parece ridículo que prácticas medievales sigan presentes en el mundo contemporáneo.

Sin embargo, el problema es real. Existen al menos unas 45 dictaduras en todo el planeta, que dirigen la vida y la muerte de las personas. En China y Corea del Norte, aún existen campos de concentración, similares a los que tenían los nazis y los comunistas soviéticos en el siglo XX. La libertad de expresión y de prensa no es común en varias naciones, donde solo cuentan con medios de comunicación estatales que obligan a sus periodistas a alabar constantemente la figura del déspota. En el mundo, hay países que no permiten la creación de partidos políticos opositores y que castigan duramente a aquellos que quieran disentir, aunque sea mínimamente, con la postura oficial. En esas sociedades no hay elecciones libres y cuando raramente aparece un candidato opositor, el gobernante gana por más del 90%, curiosamente.

Hay gobiernos que bloquean internet por temor a que los ciudadanos conozcan “ideas nuevas” o contrarrevolucionarias que pudieran hacer frente al statu quo del régimen. En esos países la educación es mediocre y en todo momento se enmarca dentro de una instrucción dirigista que endiosa al líder, pero despotrica contra el individuo y su libertad. Existe, también, un sistemático hostigamiento a la ciencia y al arte que pudieron “poner en peligro” el orden establecido o la revolución del país.

Los sistemas liberticidas pueden ser de izquierda o derecha, socialistas o conservadores, monárquicos o republicanos, incluso. El totalitarismo no tiene monopolio sobre un determinado tipo de gobierno, pero sí tiene características propias que lo hacen perdurar en cualquier rincón del mundo. Eliminación de la noción de individuo, anteposición del bien común antes que el bien personal, preferencia de la seguridad a la libertad y difusión de la uniformidad de pensamiento como logro políticos son propios de los sistemas autoritarios.

Los países democráticos tampoco protegen en su totalidad la libertad individual. Hay gobiernos que siguen reprimiendo a sus ciudadanos por reclamar mayores beneficios. En algunos casos, hasta los temas se convierten en tabúes para esas sociedades. Es así como el matrimonio gay, el uso de drogas ilícitas, el aborto o la eutanasia son relegados de la discusión política, ya sea por falta de conocimientos científicos o por presión de grupos religiosos fundamentalistas.

Lo terrible de todo esto es que se manejan discursos incoherentes e insustanciosos dentro de la comunidad internacional. Países con gobiernos autocráticos que violentan los derechos individuales son los responsables de hacer cumplir la vigencia de los derechos humanos. Líderes nacionales que torturan y masacran a las personas son los encargados de velar por la garantía de la vida, libertad y propiedad de los ciudadanos.

El ideal de mundo libre quizás esté lejos de concretarse. Es verdad que actualmente existen solo tres teocracias en el mundo y que la Edad Media está cada vez más lejos por los adelantos tecnocientíficos y las ideas libertarios que pregonamos. Pero aún así es insuficiente, millones de habitantes del planeta siguen sufriendo a consecuencia de dictaduras sanguinarias que se nutren con el miedo y sacrificio de los individuos. Todavía hay mucho que hacer en el sistema internacional, aunque ya no se puede desperdiciar el tiempo.