La cola que trajo el piano de cola adquirido por el Congreso para su orquesta es tan desafinada, tan fuera de tono, que solo sirve para dibujar el preocupante nivel cultural de muchos de nuestros compatriotas.
Cualquier comunidad del planeta vería con agrado una adquisición semejante, más allá de su situación económica. Ahora mismo en España, con lo mal que anda, las actividades culturales continúan como en los mejores tiempos.
Cualquier persona medianamente informada sabe que el arte y la cultura son los más buscados refugios para aliviar los malos momentos económicos.
¿Que el Congreso no tiene por qué comprar un piano? Cualquier entidad pública, independientemente de sus fines específicos, está obligada moralmente a contribuir con la elevación educativa, artística y cultural de la ciudadanía. ¿Por qué la Policía, desde siempre, mantiene una banda sinfónica y una orquesta de cámara? ¿Por qué el Ministerio de Defensa por muchos años –ignoro si hasta ahora– financió un gran elenco artístico y enseña el idioma inglés? El Correo tiene un coro que ha sabido ganar un merecido prestigio. Y el Congreso, luego de dar vida y aliento al ejemplar Centro Cultural de la República “El Cabildo”, le agregó una magnífica orquesta dirigida por nada menos que el maestro Diego Sánchez Hasse.
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¿Que el piano costó 200.000 dólares? Es menos del importe de tres camionetas que el año pasado se compraron para el uso particular de cada uno de los ministros del Tribunal Superior de Justicia Electoral. Cada vehículo ascendió a la suma de 85.000 dólares. O sea, 255.000 dólares, en total.
¿Alguien dijo algo? ¿Alguien se molesta porque tales señores se paseen en tan lujosos vehículos? ¿Alguien se pregunta si no podrían andar en camionetas menos lujosas?
Hay pianos que cuestan más que 200.000 dólares. Más baratos, también, desde luego. Pero el más barato de todos –que los críticos de esta adquisición lo querrían– es el que podría fabricarse a partir de materiales reciclados. Por ejemplo, dos o tres latas de 10 kilos de grasa de cerdo, algunos alambres, maderas de cajones de manzanas, huesos para los teclados, podrían servir para hacer un piano. Y va a sonar. Pero aquí está el problema. Si no se es capaz de diferenciar el sonido de un piano de una cacerola, ya no hay nada que hacer.
El precio de un instrumento musical va en relación directa con la calidad del sonido, la durabilidad, etc. Por más virtuoso que sea el artista, nada bueno conseguirá de un instrumento de mala calidad.
A mi juicio, la única millonaria adquisición bien hecha por el presidente de Senadores, Jorge Oviedo Matto, es precisamente este piano que, según los entendidos, puede durar 30 años.
Se dice por ahí que hubiera sido mejor que esos 200.000 dólares se invirtiesen en la educación. Si uno está convencido de que la música no educa, tiene asegurado el infierno aquí en la tierra. Si le parece que no hay que invertir en el arte y la cultura “porque hay otras necesidades”, no sabe diferenciar lo esencial de lo secundario.
¿Que hay otras necesidades? Claro que las hay, y a montones. Ahora mismo, la epidemia de dengue es una calamidad sin sentido. Sin sentido porque nace de la suciedad de las personas, enteramente remediable con una mínima preocupación por la limpieza. ¿Vamos a subsanar los problemas con dejar de comprar un piano?
Es más: ¿quién nos dice que las personas no serían más aseadas y responsables si tuviesen el espíritu dispuesto a disfrutar de la música?
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