A diario la prensa nos informa de la inmensa cantidad de dinero público que va a parar a los bolsillos sin fondo de la corrupción. La modalidad es simple, torpe, sin imaginación. Inventan viajes con motivos inexistentes pero con pasajes y viáticos existentes. Si viajan se van de vacaciones con la familia o se quedan en casa, sin viajar, pero con el dinero asegurado en su cuenta bancaria. No devolverán sino cuando ha trascendido a la opinión pública varios meses después. Aún al quedarse al descubierto tamaña fechoría, estos sujetos se muestran de lo más campante, como viendo caer una lluvia mansa.
La otra modalidad para delinquir es conseguir trabajo para los correligionarios en una institución del Estado para luego cobrarles mensualmente el 20% del salario. Es la comisión por el favor prestado, o mejor, vendido a buen precio.
A esto hay que agregarle –entre muchos otros componentes– llenar de familiares las entidades públicas con salarios varias veces superiores a cualquier sueldo de los demás funcionarios. Naturalmente, para los recomendados de estos políticos no hay concursos, ni exigencias profesionales o académicas.
¿Falta más? Sí, los asesores de diputados y senadores. ¿Y quiénes son los asesores? Los hijos de los parlamentarios. ¿Y qué asesoran? Nada. Sencillamente nada porque no sirven para otra ocupación que la de ser “asesores” de sus padres. Y como estos no quieren mantener a vagos, nada mejor que el Estado para hacerlo, o sea, los contribuyentes.
¿Hay más? Sí, mucho más. El otro costado de la corrupción es que salgan a decir, ante las críticas ciudadanas, que no les importan los comentarios porque ellos fueron “votados por el pueblo”; que se deben a sus electores; que solo Dios puede juzgarlos; que etc., etc.
Sí, están en el Parlamento porque, obviamente, se hicieron del voto suficiente. Pero carece totalmente de significado que salgan a decir que el cargo le deben al pueblo. Les deben al engaño, la mafia, la ocultación de sus verdaderos intereses.
¿Quién de los políticos, de esos que están en la diaria corrupción, hizo su campaña proselitista con el lema de: “Cuando llegue al poder robaré todo lo que pueda”; “Voten por mí porque no me cansaré de llenarme los bolsillos con el dinero de ustedes”; “Soy la esperanza porque estaré metido en todos los negociados”? ¿Quién se escudaría en semejantes leyendas? Nadie, desde luego. Entonces dicen lo contrario: “Trabajaré para mejorar la salud y la educación de ustedes”; “Todo mi esfuerzo será destinado para que los jóvenes trabajen y estudien”, “Limpiaré el país de la mafia que nos come el hígado”. “Voten por mí porque soy trabajador y honrado”. Entonces los electores depositan su voto por ese político que les hace halagüeñas promesas.
Si después resulta, como estamos viendo, un reverendo pillo, el voto ciudadano dejó de legitimar cualquier cargo electivo. Ya no sirve, entonces, escudarse en el repetido “el pueblo me votó”.
Desde Aristóteles sabemos que la política es un ejercicio ético. En “La República” dejó para siempre su idea de una Atenas vigorosa: que cada ciudadano se adorne con estas virtudes: sabiduría, coraje, templanza y justicia. De ellas, la más preciada por los filósofos de su tiempo fue la justicia, a la que consideraron –con justicia– el cimiento del bienestar personal y colectivo.
No hay justicia cuando muchos de nuestros políticos, a cara descubierta, asaltan el dinero público. En cualquier país del mundo hay asaltantes, pero si algunos de ellos son personalidades políticas de relevancia, la sociedad les corta el camino; acaba con su vida política para siempre. No hay segundas oportunidades. No se les castiga tanto porque robaron, sino porque mintieron a quienes confiaron en ellos.
Ahora que conocemos a algunos de los políticos que estafaron la buena fe de sus electores, ¿volverían a presentarse en las próximas elecciones? Sí, volverían a presentarse y volverían a ganar. Nuestra sociedad está enferma.
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