Una y otra vez más reforma educativa

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De unas semanas a esta parte, ha vuelto a estar de actualidad el debate sobre la reforma educativa. En realidad, es un tema que lleva de actualidad unos cien años… quizás exagero, pero personalmente hace por lo menos cuarenta años que me ocupo del tema.

La reforma educativa unas veces está de actualidad porque se la está formulando, otras porque se está llevando adelante, otras más porque se está evaluando la profundidad y las causas del fracaso de la última reforma. Finalmente, otras veces, como hace un par de años, son los estudiantes los que la reclaman, espantados por la precariedad de la formación que están recibiendo.

Quienes han puesto nuevamente la reforma educativa sobre el tapete son los integrantes del Fondo para la Excelencia de la Educación y la Investigación (FEEI). Se trata de un consejo multisectorial, creado en el 2013, en el que, además de representantes del Gobierno, participan empresarios, docentes y profesionales de distintas áreas.

Conozco y respeto la trayectoria de varios de los integrantes de esta institución y no me cabe duda de que cuentan con capacidad y de que los anima la mejor buena voluntad. Sin embargo, aunque me duela particularmente ser pesimista en materia de educación, me temo que apenas podrán impulsar algunas mejoras periféricas, como aumentar las becas de grado y postgrado o financiar grupos de investigación, logros que son importantes pero que no atacan lo esencial del problema, que es el mal funcionamiento de todo el sistema educativo.

Los indicadores y las evaluaciones de todos los niveles de enseñanza del Paraguay no dejan de empeorar año tras año, porque las iniciativas como la del FEEI enfrentan algunos obstáculos insalvables para formular y realizar una reforma educativa exitosa.

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Primer y más grave obstáculo es nuestra clase política, que está mayoritariamente integrada por ignorantes que no valoran la educación, porque carecen de ella, y por oportunistas, que prefieren electorados sin formación, porque son más fáciles de manejar y engañar. Los pocos políticos meritorios, realmente preocupados por la educación, terminan arrastrados por las mayorías de ignorantes y oportunistas.

Lo hemos visto una y otra vez: si hay que meter tijera al Presupuesto de Gastos de la Nación, siempre comienzan por la educación; si se avecinan unas elecciones, el Ministerio de Educación pasa a convertirse prioritariamente en fuente de caudal electoral, así que su funcionariado y sus docentes solo son valorados como operadores políticos y frecuentemente nombrados por serlo. La descentralización tampoco funcionó y gobernaciones y municipalidades derrocharon, malversaron y robaron los recursos de Fonacide.

Segundo obstáculo: cualquier reforma educacional imaginable, en nuestro país, necesita para tener éxito una reforma radical previa de la docencia. Hoy por hoy Paraguay tiene, desde la primaria hasta la universidad, un profesorado escaso, sobrecargado de horas de clase, desmotivado por el ninguneo a que se ha sometido a la docencia por décadas y mayoritariamente de mala calidad.

Esos profesores, la mayoría poco capacitados por sus conocimientos y aquellos otros que tiraron la toalla, desanimados por la falta de respaldo del Estado y de las propias instituciones educativas donde trabajan, no están en condiciones de llevar adelante ninguna clase de reforma educativa exitosa, pero se han enquistado en el sistema educativo y, dicho sea de paso, copado los sindicatos docentes desde donde defienden lo que yo he llegado a llamar “el derecho de los ignorantes a enseñar”.

Podría llenar varias páginas enumerando otros obstáculos no tan imposibles pero aun así difíciles de salvar para tener éxito en una reforma de la educación, pero se me acaba el espacio, así que pondré un solo ejemplo: unas cuantas universidades no se dedican a enseñar, sino al lucrativo y delincuencial “negocio” de vender títulos. Esas “universidades de garaje” funcionan gracias a que en el Congreso Nacional, que permitió su proliferación, cuentan con padrinos políticos muy poderosos.

La conclusión a estas reflexiones es muy sencilla: en nuestro país no solo no existe voluntad política de mejorar la educación, sino que más bien está siendo deteriorada y destruida, por la ignorancia y por la corrupción de nuestra política y por la desidia, la incapacidad y la resistencia al cambio de gran número de docentes.

La prueba más reciente está todavía en la memoria de todos: ante los reclamos de los estudiantes de secundaria y los de “UNA, no te calles”, la reacción institucional fue unánime: primero acallarlas y después ahogarlas en el oparei… Así pues hasta la reforma educativa mejor diseñada tiene pocas probabilidades de éxito. Esta es la mayor desgracia del Paraguay actual y la herencia más destructiva que recibirán los paraguayos de las próximas generaciones.

rolandoniella@abc.com.py