Vamos, señor Presidente, defínase

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Al señor Presidente de la República le encanta recordar y recitar versículos bíblicos para adornar sus arengas y proclamas, tratando de mistificar sus mensajes políticos, destinados a estimular a sus partidarios.   

 
Esta es, señor Presidente, la gran oportunidad para que usted pueda practicar lo que ha predicado toda su vida durante su cuestionado ministerio espiritual en el Paraguay, optando por seguir los mandatos de la conciencia, por encima de las presiones de los grupos políticos que están en contra de que usted abogue por el disidente político cubano Fariñas.   

 
Es urgente, señor Presidente, que usted supere sus ambivalencias y sinuosidades diplomáticas y adopte una posición de hombre digno y valiente y demuestre que, aunque no respeta los compromisos asumidos con Dios, sí lo puede hacer con el prójimo desvalido e inerme que requiere su ayuda, en el que el auténtico cristianismo pone tanto empeño de liberar a los seres humanos de las fuertes cadenas de las estructuras tiránicas que lo oprimen.   


Y no ponga como pretexto para ganar tiempo el pedido de informes que usted ha hecho a la Embajada cubana, porque el tiempo corre en su contra y llegado el momento fatal usted podría aparecer como cómplice pasivo de un crimen injustificable, dejando peor parada la ya muy deteriorada imagen del Paraguay como nación civilizada, comprometiendo también a toda la Iglesia católica a la cual usted perteneció por mucho tiempo, incursionando dentro de ella en política para llegar a ser lo que es, Presidente de la República.   

 
Y si no tiene misericordia por ese cuerpo desvalido que le pide ayuda para sobrevivir, por lo menos tenga piedad de esa alma atormentada, atenazada por crueles castigos y sufrimientos espirituales y sicológicos que involucra toda privación de libertad por causas políticas en condiciones infrahumanas.   


Usted como ex obispo tendrá información histórica de cómo fue el tiempo de Stalin, Beria, Hitler, Goebbels, Hocneker, Gomulka y tantos otros criminales de la historia universal que cercenaron la vida de millones de inocentes bajo el rótulo de diversas denominaciones penales, de delitos comunes como ahora lo hace el gobierno de Cuba, cuando que en realidad fueron mártires de la libertad de conciencia.  


Décadas tras décadas la sangre de estos disidentes fueron derramadas a torrentes dentro de los capítulos más inicuos, infames y perversos que registra la historia cruel y dantesca de la impiedad humana en aquella sucesión interminable e infernal de décadas espantosas. Todavía se estremece convulsionado el mundo entero al recordar aquellas gestas satánicas, de todos los genocidios habidos y por haber.   


Vamos, señor Presidente, no cometa otra trasgresión contra los mandatos de Dios y abogue y defienda la vida de quien lo eligió para que sea su intermediario en el pedido de clemencia que le ha hecho, el prisionero Fariñas, ya hace varios días. Defínase si está a favor de la vida o de la muerte, de Dios o del demonio que busca siempre a quién devorar como león rugiente.   


Usted, que siempre ha hablado de crear el paraíso socialista aquí en la Tierra, demuestre su humanidad y su valentía cristiana, y deje de lado los ridículos pretextos dilatorios para resolver un problema  que está más allá de la soberanía de las naciones y de las ideologías políticas.